Basada en la novela del mismo nombre escrita por Pierre Lemaitre —que también ha participado en la adaptación para el cine—, Nos vemos allá arriba nos cuenta la historia de dos personajes tan dispares como necesitados de permanecer unidos. Por un lado, tenemos a Edouard Péricourt, un joven de familia rica de industriales que decide ir a la guerra para que su padre muestre algún tipo de empatía por él, ya que parece despreciar todo cuanto hace, sobre todo su talento por el dibujo. Por el otro, está Albert Maillard, un contable de edad avanzada que, aunque no tendría que haberle tocado, es enviado al frente con los más jóvenes durante los últimos meses de la Primera Guerra Mundial. Juntos vivirán aquellos agónicos últimos días en las trincheras en los que ninguno de los bandos se atrevía a hacer un movimiento que pudiera estropear el cercano armisticio. Sin embargo, obligados por el teniente Pradelle —un chanchullero amante del conflicto—, cargarán por la tierra de nadie en busca de una conquista tan absurda como innecesaria… con la mala suerte de que el joven Edouard sufrirá una grave herida que le arrancará medio rostro, impidiéndole hablar o comer. Aunque casi de forma milagrosa, Péricourt sobrevivirá y le pedirá a Maillard que cambie los registros del hospital para fingir su muerte y, de este modo, ser libre lejos del yugo de su padre. Después del horrible periplo y sin demasiadas posibilidades de sobrevivir en un París azotado por la guerra y la pobreza, los dos hombres unirán sus fuerzas para seguir adelante… aunque desde ópticas un poco diferentes. Mientras que Maillard realizará todo tipo de trabajos para llevar un plato a la mesa, Edouard trazará un plan para sacar provecho de los caídos por Francia y de su talento como dibujante: una estafa que consistirá en vender proyectos de esculturas conmemorativas que nunca se llevarán a cabo. A pesar de las reticencias iniciales, Maillard acepta unirse a él al ver que con ello podrá vivir como como siempre ha soñado; sin embargo, cuando Pradelle y el padre de Edouard se crucen en su camino, las cosas se complicarán más de lo que esperan.

Estamos ante la secuela espiritual de Largo domingo de noviazgo, no solo por la historia —contextualizada en la posguerra de la Primer Guerra Mundial— sino porque también hay algunos miembros del equipo que ya participaron en la película de Jean-Pierre Jeunet de 2004; sin ir más lejos, el director y guionista de Au revoir là-haut, Albert Dupontel, que aquí, además, da vida al personaje de Albert Maillard, también formó parte del elenco de aquella maravillosa película en el papel de Célestin Poux. En este sentido, parece que tomó buena nota del estilo del creador de Amelie, ya que toda la cinta parece impregnada con esos elementos que caracterizan el cine de Jeunet: la luminosidad, los colores vivos, la melancolía…

Además, al igual que la peli de Jeunet, en este caso no se busca un retrato triste y moralizador de la guerra y de la posguerra, de la misma manera que no se pretende hacer un retrato histórico de una época, sino más bien contar una historia —entre las muchísimas que tuvieron lugar— para mostrarnos la realidad de la gente de a pie, que vivió el fin de la guerra desde las trincheras y la posguerra desde sus horribles trabajos. Si nos fijamos bien, en seguida comprenderemos que en ningún momento quiere ser una película de reconstrucción histórica, sino que la Historia —con mayúsculas— solo le sirve como contexto para presentarnos una trama caracterizada por la picaresca y el deseo de vivir y seguir adelante de sus protagonistas.

Aunque el personaje de Dupontel, que lo clava al dar vida al inocente y sincero Maillard —en más de una ocasión parece que es incapaz de mentir cuando tiene que mantener la farsa de la estafa o de la muerte de su amigo—, sirve como narrador e hilo conductor de toda la historia, así como de nexo entre todas las subtramas; la realidad es que el auténtico protagonista, el que nos cuenta una historia profunda y cargada de sentimiento, una de esas historias que nos tocará la fibra, es Edouard, y lo hace sin apenas decir una palabra en toda la cinta, y es ahí dónde reside la gracia de este personaje. Casi toda la película tiene medio rostro —o toda la cara— cubierto por una máscara y solo tiene los ojos para mostrar esos sentimientos que lo impulsan a actuar como lo hace, momento en el que el talento de Nahuel Pérez Biscayart entra acción… de un modo muy parecido al que lo hizo el de Tom Hardy en The Dark Knight Rises o Dunkerque. Con la mirada como único medio, vemos como el personaje sufre por el descubrimiento de su herida, se divierte jugando con sus máscaras —auténticas obras de arte de atrezo de esta peli—, o, al final, siente como su alma, por fin, puede volar libre.

Y es que es de eso precisamente de lo que nos quiere hablar esta película, de volar y de hacerlo libremente, pero no en un sentido literal, sino más bien figurado, sin ataduras, sin pesos, ni lastres emocionales que impidan a nuestro espíritu seguir avanzando. Paradójicamente, son los protagonistas, soldados de a pie que viven en las trincheras, los que miran al cielo y sueñan con convertirse en pájaros… aunque cada a uno de una manera en particular.

Como hemos mencionado antes, por diferentes motivos, podemos considerar que Nos vemos allá arriba es una secuela o pertenece al mismo universo cinematográfico—según se prefiera— de Largo domingo de noviazgo. Sin embargo, en este caso, la comparación no perjudica a esta película, al contrario, la favorece, ya que estamos ante un extraño caso en el que dos películas que tratan temas parecidos —aunque con historias diferentes—, en el mismo contexto y desde enfoques similares, en lugar de luchar por la supremacía, se complementan a la perfección. En este sentido, si se quisiera, todas las tramas presentadas, podrían entrecruzarse formando un todo magnífico.

En resumidas cuentas, y hablando solo de Au revoir là-haut, estamos ante una película que será bien recibida por los amantes del cine francés más contemporáneo, a medio camino entre la comedia y el drama, pero con una melancolía dulce que nos hará terminar de verla con una placentera sonrisa en el rostro.