Mientras parece que las obras de misterio escritas hará ya unas cuantas décadas están teniendo una segunda edad de oro —por decirlo de algún modo— con las adaptaciones de Poirot por parte de Kenneth Branagh, así como algunas miniseries de la televisión británica que están revisando los clásicos, tanto de Agatha Christie como de Arthur Conan Doyle, así como de Georges Simenon; a la vez que parece que el filón que empezó a explotar CSI hará ya veinte años con las series policiacas y de investigación, hay algunos excéntricos que, si bien recurren a los tópicos del género, no han dudado en crear sus propios personajes e historias para acercarse a este mundo casi imperecedero de los whodunit, es decir, quién lo ha hecho.

Uno de estos es el director Rian Johnson que después de un criticado paso por la franquicia de Star Wars al ser el máximo responsable del Episodio VIII —por el que los más fanáticos no dudaron en echarse a su yugular—, el de Maryland optó para ir por una vertiente más personal al hacer un proyecto que, en apariencia, era mucho más pequeño y que se desmarcaba bastante de la precedente gran producción.

Un famoso escritor, Harlan Thrombey, parece haberse suicidado cuando, en apariencia, nada hacía creer a sus allegados que ello pudiese ocurrir. Aunque el caso está a punto de cerrarse y faltan pocos días para que se lea su testamento, aparece el detective privado Benoit Blanc, que ha sido contratado de forma anónima para revisar el caso. Ante el pedigrí del investigador, la policía accederá a abrir las puertas de la mansión familiar, en la que pereció el autor, y en la que podrá interrogar a toda su familia, que no es tan perfecta como quiere aparentar. Existen envidias y tiranteces, lo habitual, pero si se le suma la gran fortuna del difunto, así como los derechos de sus obras y las propiedades que posee, es de suponer que Blanc no dude en presentir que las cosas no han sucedido tal y como ha creído la policía en un primer momento.

Para poner en escena esta historia —que sigue la lógica de un grupo de personas, sin influencias externas, examinados por un ojo experto y objetivo, que los pondrá contra las cuerdas sin necesidad de hacer nada más que preguntar aquello que muchos dan por sentado, volviendo sobre sus pasos una vez tras otra—, el realizador se rodeó de un grupo de actores de primer nivel —del mismo modo que lo hizo Branagh, como sucedió con La casa torcida, o en los clásicos como Asesinato en el Orient Express de 1974 o Muerte bajo el sol de 1982—, contando con la participación de nombres como Jamie Lee Curtis, Michael Shannon, Don Johnson, Toni Collette, Frank Oz o Christopher Plummer; sin embargo, los que destacan sobre todos son tres: Daniel Craig, Chris Evans y Ana de Armas. La última por conseguir cautivarnos como auténtica protagonista de toda la cinta, demostrando que es una actriz con un futuro muy brillante si sigue participando en títulos tan interesantes como hasta ahora. Respecto a Craig se desplaza de su conocido James Bond y toma un tono más jocoso y tranquilo —como sucedió en La suerte de los Logan— demostrando que sabe hacer algo más que lucir esmoquin, algo por lo que ya se está oliendo una secuela también protagonizada por su Benoit Blanc. Pero, el que seguro que más sorprenderá a todos es Chris Evans, lejos de ser el modesto y moralmente perfecto Capitán América, parece que el actor tiene ganas de hacer cosas diferentes, y aquí borda su papel de capullo engreído a la perfección.

Aunque en todo momento es bastante sutil, hay ciertos elementos que nos hacen creer que el director salió demasiado escarmentado de intentar dirigir su propia versión de Star Wars, y los mencionados puñales no volaban solo en la película, sino hacia fuera de ella. El juego de trapos sucios que se lanzan los personajes es una clara referencia a la lucha que hubo entre fans, críticos y productores y en la que Johnson se vio en su centro… pero es ya es cuestión de una galaxia muy, muy lejana.

La verdad es que es bastante difícil hablar de Knives Out sin desvelar demasiadas cosas de la trama —pieza clave de una película como esta—, pero sin duda, Rian Johnson se ha estrujado la cabeza para que en pantalla vivamos su historia, con una cuidada puesta en escena, un montaje brillante y unos giros de guion que nos dejarán con la boca abierta… aunque algunos sean puestos en dudas. Seguramente no soy el único seguidor del género que al ver la peli se dará cuenta de que hay un par de elementos de su trama que se sostienen un poco por los pelos, sobre todo en cuanto se refiere a tempos del crimen… pero no quiero decir más, porque sino romperé la magia de esta película, que es descubrirla cuando se ve.

Dejando a un lado estos pequeños fallos —solo al alcance de los más tiquismiquis—, se nota que Puñales por la espalda es un divertimento tanto para los que la vemos como para los que la hicieron, seguro que lo disfrutaron, y eso se nota, ya que se transmite a través de cada fotograma, porque no hay ninguno que, por un motivo u otro, deje de valer la pena. De lo mejor de 2019 y esperemos que no se quede aquí.