
Cuando supe que Ryan Coogler se adentraba en el territorio del horror gótico y lo sobrenatural, me entusiasmó la idea. Sinners nos traslada al Mississippi de los años 30, donde los gemelos Smoke y Stack (interpretados ambos por Michael B. Jordan) regresan a su pueblo natal con la intención de empezar de nuevo, solo para toparse con un mal mucho mayor del que esperaban. Como amante del cine del terror más clásico y pulp, me pareció un combo muy prometedor: protagonista carismático, ambientación poderosa, mezcla de géneros… Tenía muchas expectativas: ¿lograría Coogler que el terror fuera más que sustos? ¿Que los personajes tuvieran fondo real? Y, en gran parte, puedo decir que sí.
La fuerza de la película radica primero en su historia: la premisa de dos hermanos que vuelven para redimirse pero se enfrentan a fuerzas oscuras funciona como metáfora de muchos temas mayores —culpa, legado, comunidad, violencia histórica—. Esta dimensión me atrapó, porque no se trata solo de “vampiros que atacan”, sino de un trasfondo casi folclórico que combina el terror sobrenatural con realidades sociales (ambientadas en una época de segregación y de tensiones profundas). En ese sentido, los personajes de Smoke y Stack tienen complejidad: ambos comparten sangre, pasado, aspiraciones, pero cuando el horror se cuela, sus diferencias emergen y los conflictos internos se vuelven tan importantes como el enemigo externo.
En cuanto a los personajes secundarios, el reparto es sólido: figuras como Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku o Jack O’Connell aportan capas distintas de vulnerabilidad, resistencia, traición o esperanza. Mi única objeción es que en algunos tramos la película acumula personajes — y con ello puntos de vista — y esa “multitud” de voces resta en ciertos momentos la sensación de intimidad que uno espera de una cinta de terror como esta. Por momentos, deseé que la cámara se quedara más tiempo con un personaje para permitir que su miedo y su transformación respiraran un poco más.
En el plano técnico, Coogler demuestra que está en plena forma: la dirección es valiente, la fotografía de Autumn Durald Arkapaw dota a los escenarios de una textura casi palpable — la bruma del Mississippi, los locales de juke-joint, la penumbra y el rojo de la sangre. La banda sonora, el diseño de producción, el vestuario, todo colabora para sumergirte en esa atmósfera de “terror con raíces” (no solo sustos, sino presencia). Como espectadora apasionada del género, agradecí que no se confiara únicamente en “jumpscares” fáciles, sino que se construyera un ambiente. Por ejemplo, el arranque lento que te sitúa en lo cotidiano antes de que lo sobrenatural irrumpa me recordó a grandes películas de género que respetan el desarrollo.

Pero, y aquí está el “pero”, el equilibrio entre la ambición del guion y la exigencia del ritmo narrativo tropieza en algunos tramos. Hay momentos donde la tensión se relaja para explicar, para presentar personajes o para hacer digresiones musicales o de tono que, aunque valiosas, diluyen la vertiente más pura del terror. Como amante del terror más crudo, sentí que esos “altibajos” de tono hacen que la película pierda un poco de filo durante su parte media. También, la resolución final, sin adentrarme en spoilers, me dejó con ganas de que algunas piezas fueran cerradas con mayor contundencia emocional; la ambigüedad puede ser poderosa, pero también exige mucha confianza del espectador.
Otro aspecto que me gustó bastantes que la película mezcla géneros — horror, musical, gótico, acción contenida — y eso, cuando funciona, seduce, pero también implica que algunas expectativas del género puro no se cumplan al 100 %. Por ejemplo, si buscas “terror vintage” con monstruo claro, aquí el monstruo está, pero la película se interesa también por lo interno, lo simbólico. Eso la enriquece, pero también la hace más compleja de digerir.
En definitiva, Sinners es un film que me dejó una impresión muy positiva. Cumple con creces la intención de reinventar el terror desde una perspectiva rica: vibración visual, personajes sólidos, ambiente cargado, voz de género fresca. Aunque me encantó, hay pequeñas fisuras narrativas y de ritmo que evitan que sea del todo redonda. Aun así, la recomiendo sin dudarla a quienes, como yo, buscan una experiencia de cine de género que no se limite al susto, que combine estética, tema y emoción.
Si estás deseando salir de la sala con algo más que “me asustaron unas cuantas veces”, y prefieres que la película te haga pensar, sentir, rememorar y quizá inquietarte al mismo tiempo, Sinners es una apuesta muy atractiva. Una obra que confirma que Coogler no solo domina el cine “serio” o el superheroico, sino que puede jugar en el terreno del terror con ambición y solidez.
