En octubre de 1944 se llevó a cabo la denominada «Operación Reconquista», el intento de provocar un levantamiento popular contra la dictadura de Franco.
La misión: invadir España con un ejército formado por un millar de soldados republicanos, exiliados en Francia tras la Guerra Civil.
Meses antes de la operación, diferentes grupos de guerrilleros cruzaron la frontera francesa con el objetivo de realizar misiones de sabotaje.
Esta es la historia de uno de esos comandos.

Así empieza la película de Sordo —basada en el cómic homónimo de David Muñoz y Rayco Pulido—, en la que seguiremos los pasos de Anselmo Rojas, un de estos guerrilleros que, después de un fallido intento de hacer volar un puente —de volar vuela, pero no cuando debía— saldrá herido y habiendo perdido el sentido del oído y sabiendo que un grupo de soldados nacionales lo están pisándoles los talones, permanecerá en el territorio con la esperanza de que la «reconquista» logre su objetivo.

Uno de los grandes enemigos a los que se enfrenta cualquier producción hoy en día no es otra cosa que el hype, conocido en nuestra casa como las expectativas. Estás pueden venir creadas por la propia película —véase los casos de las grandes producciones de Marvel o Star Wars, por poner unos ejemplos—, o bien por las esperanzas que nacen en el interior del público cuando saben que se estrenara tal o cuál película, como es el caso de Sordo.

Ante esta película tengo que admitir que fueron mis expectativas las que la mataron; en su momento no pude ir a las salas, por lo que cuando llegó a Netflix crucé los dedos para que fuera todo aquello que mi mente creía que podía ser, sobre todo cuando se nos vendía como el «retorno» —entrecomillado, claro está— del western europeo a nuestro país, aunque la trama tuviese lugar durante los primeros años de la posguerra española. Por lo que se podía ver en el tráiler y todo lo que se venía contando, tenía toda la pinta de ser una aventura dinámica, rápida y violenta de supervivencia en un entorno hostil, como lo era para un héroe del Far West, o para un maqui en el territorio montañoso cercano a la frontera con Francia.

Es cierto que a lo largo de la cinta se reproducen momentos que nos harán pensar en las viejas pelis del spaghetti western, como el hecho de hacer estallar un puente, los tiroteos frenéticos, las muertes violentas, etcétera, eso sin contar con una puesta en escena y una fotografía que buscan recurrir a la nostalgia de ese cine. En este sentido, a nivel visual la película es espectacular, rozando la perfección, con unas tomas brillantes, unas persecuciones muy bien llevadas, y la habilidad para hacernos ver que, en aquella época, nuestro país no estaba tan urbanizado como ahora y se asemejaba bastante al lejano Oeste. Además, el reparto no es un mar de caras desconocidas, al contrario, actores del calibre de Hugo Silva, Aitor Luna, Asier Etxeandia, Marian Álvarez, Imanol Arias, Antonio Dechent o Manuel de Blas darán vida a los personajes de esta historia.

Sin embargo, a medida que seguimos las desventuras de Anselmo Rojas tras quedarse sordo, veremos que el continente no es suficiente para soportar su contenido, cuya trama pierde el norte con demasiada facilidad. Por ejemplo, aunque los personajes tienen un diseño brillante y cumplen con los tópicos tanto del western como del cine de la Guerra Civil, rápidamente se volverán demasiado planos y sus motivaciones se perderán en un sin sentido que parece solo enfocado a hacer acrecentar el dramatismo que no la tensión, la que debería haber sido la pieza clave de esta peli, y que rápidamente se difumina a favor de la manida historia de resistencia contra el ejército invasor.

Con todo esto no quiero decir que la peli sea necesariamente mala, que, aunque sin ser brillante, no lo es, pero no encaja en la moto que personalmente creí que se me vendía. En mi fuero interno esperaba enfrentarme a un espectáculo entretenido, trepidante y que me hiciera morderme las uñas —del estilo, salvando todas las distancias, de Bruc: El desafío (Daniel Benmayor, 2010)—, pero pasados los primeros tramos de la historia, en seguida veremos que no tiene nada que ver, ya que en realidad busca ser un retrato un poco más estilizado de los sufrimientos de la guerra.