Todo empieza cuando el Conde de Champignac desaparece de la noche a la mañana, dejando tras él toda una retahíla de pistas —entre las que se encuentra a un Spip poseído— que apuntan hacia el este, más allá del telón de acero… hacia la URSS. Como se podía esperar de ellos, Spirou y Fantasio no tardarán en adentrarse en territorio enemigo para encontrar a su amigo y, de paso, salvar al mundo.
Después de una larga espera en nuestro país —ya que en principio tenía que salir prácticamente de forma simultánea a la edición de Dupuis del pasado otoño—, por fin ha llegado a nuestras librerías una historia de Spirou que no deja de ser un punto de encuentro entre las ya clásicas tramas de Franquin —como QRN en Bretzelburg—, con ciertas reminiscencias a Spirou en Moscú de Tome & Janry y a Tíntín en el país de los Soviets de Hergé, y elementos propios de James Bond, desde los villanos con grandes planes para dominar el mundo, a las tramas en la que luchaba contra el bloque soviético. En este sentido, de forma similar a lo que hizo Franquin con las tramas ambientadas en Palombia, la pareja formada por Tarrin y Neidhardt hacen una brillante crítica del sistema comunista —y al capitalista también—, aunque sin la sutileza de la que Franquin tenía que hacer uso en sus tiempos.
A pesar de que estamos frente a un título incluido en la colección de «Una aventura de Spirou por…», paralela a la serie principal, tanto el dibujo, el tipo de trama y el estilo en general del volumen en seguida nos hacen olvidarlo, sumergiéndonos en ella como lo haríamos con las viñetas de los autores ya mencionados. Aunque esta colección nos ha ofrecido títulos tan bien logrados como El botones verde caqui de Schwartz & Yann o La esperanza pese a todo de Émile Bravo, solo han sido las obras dibujadas por Fabrice Tarrin —el título que tenemos ahora entre manos y La tumba de los Champignac de 2007, escrito junto a Yann—, las que han conseguido captar la auténtica esencia de las aventuras de Spirou y Fantasio, en las que lo importante no es incluir al botones y a su amigo reportero, sino la manera de hacerlo y la historia que se nos cuenta. Sin lugar a dudas, los títulos mencionados, sobre todo los de Émile Bravo, son brillantes, pero sin la figura de Spirou podría funcionar igualmente, pero en los casos de Tarrin hay ese punto intermedio entre aventura, misterio y ciencia ficción que siempre han caracterizado a la colección.

La única licencia que se toman los autores en cuanto a las «normas» para ser un Spirou regular, es renunciar a ese universo alternativo del botones, y ambientar la trama en nuestra realidad, algo ya habitual en «Una aventura de Spirou por…». No solo es el hecho de incluir a la URSS, sino, y sin ir más lejos, el de incluir personajes históricos como Jrushchov o J. Edgar Hoover, llevando a que, sutilmente, la historia se enmarque en los años sesenta… Curiosamente, los mismos años que Franquin se hizo cargo de Spirou y Fantasio, si es que lo tienen todo pensado. Así pues, a grandes rasgos, esta historia como La tumba de los Champignac, se podrían considerar un continuación casi directa de la obra de Franquin, ya que parecen pasar por alto todo lo posterior. Y, por si esto fuera poco, se hacen numerosas referencias a la editorial Dupuis de aquella época, con apariciones de Gastón, Aimé de Mesmaeker, Lebrac —personaje que Franquin creó como secundario de Gastón y que no dejaba de ser un alterego suyo–, o del mismísimo Charles Dupuis.
Estamos ante una título que podría ser, sin lugar a dudas, la última entrega de la serie principal —parada desde el 2016 con La furia del Marsupilami—, no solo por el valor y la manera tan apropiada de encajar en ella, sino también por la clara intención de sus autores para que tanto la historia como la trama nos recuerden una de sus mejores etapas cuando el gran André Franquin era el responsable.