En mi vida, como en la de todos nosotros, siempre ha habido cosas que me han acompañado desde siempre sin poder determinar exactamente cuando irrumpieron en ella. En mi caso, entre las pocas de estas cosas que puedo contar con los dedos, está Star Wars. Si bien no recuerdo cuando fue la primera vez que vi una de las películas originales, por que siempre he conocido su existencia y nunca he pensado en ello como algo nuevo, sino en algo siempre presente; si que recuerdo la primera vez que vi El retorno del Jedi en televisión a mediados de los noventa, cuando no era más que un niño; recuerdo cuando fui al estreno de La venganza de los Sith; y recuerdo lo que ambas significaron para mí en sus respectivos momentos… y mentiría si dijera que El ascenso de Skywalker me haya producido un efecto peor, inferior o diferente.

Con todo esto, comprenderéis que hablar del Episodio IX no es hablar de una película, es hablar de los sentimientos que me evoca sin poder ser objetivo. Aunque en ciertos momentos he dudado de la calidad o de las decisiones creativas que se han tomado en los últimos tiempos en la franquicia —incluso hay cosas discutibles en esta entrega—; ahora, echando la mirada atrás, veo que, en realidad, todo lo que haya podido decir en negativo se ha diluido ya que cada vez que he vuelto a ver cada una de las pelis, ha pesado más el disfrute y lo absorbente de esta galaxia tan, tan lejana, que el ojo crítico se me ha atrofiado por completo.

Sin lugar a dudas, Star Wars me gusta y me seguirá gustando siempre, por mucho que haya voces dispuestas a destrozarla, seré un ferviente seguir de la saga y de la franquicia… por lo que, inevitablemente, cuando hable de cualquier cosa relacionada con ella, el que hablará será mi corazón y no mi cabeza.

Por este motivo y antes de hablar de cosas concretas, simplemente decir que, personalmente, admitiendo algunos fallos —derivados del rumbo de la nueva trilogía, no tanto por esta peli en sí misma—, tengo que afirmar que El ascenso de Skywalker es el colofón perfecto para cerrar el ciclo tanto de esta trilogía como de la saga Skywalker al completo. En este sentido, el miedo que tenía a que fuera un pufo y me amargara una de esas cosas que antes calificaba de esenciales para mí, ha sido superado y he podido salir de la sala satisfecho, con una sonrisa en los labios y unas ganas inmensas de volverla a ver para fijarme en todos los detalles que me hayan podido pasar por alto. Salvando todas las distancias, este capítulo de Star Wars se asemeja a la sensación que tuve con Vengadores: Endgame, que, aunque soy consciente de que no son grandes películas, personalmente, cumplen con todas las expectativas que tenía puestas en ellas, dejándome un sabor de boca perfecto, y sintiendo con armonía con el mundo —o la galaxia— que me rodea.

Habiéndoos puesto ya en antecedentes, solo me hace falta advertir que, inevitablemente, este artículo contiene spoilers de tipo argumental, pero os puedo asegurar que lo que os hará saltar de las butacas no serán las respuestas a las preguntas que nos llevamos haciendo desde hace cuatro años, sino otro tipo de «apariciones estelares»… y lo dejaré ahí, porque la verdad es que esta producción ha logrado el hermetismo suficiente como para que, a pesar de lo previsible de la trama, haya las suficientes sorpresas como para tocarnos la fibra sensible de warie, o warrero, como a mi me gusta llamarnos.

Con un pequeño salto temporal desde el final del Episodio VIII, nos encontramos con la Resistencia bajo mínimos, pero recuperándose nuevamente, una Rey que cada vez es más poderosa como jedi, y un Kylo Ren que persigue el rastro de unas extrañas señales más allá de los confines de la galaxia conocida que parecen proceder de… ¡Palpatine! Sí, damas y caballeros, el temible villano parece que no murió en la segunda Estrella de la Muerte, si no que valiéndose de sus poderes y de cosas que están más allá de la vida, sobrevivió y ahora se ha convertido en un engendro dispuesto a recuperar lo que le fue arrebatado. Mientras que Kylo Ren se arrodilla ante él para ser el heredero del maestro de su abuelo, los miembros de la Resistencia emprenderán una carrera por encontrar los mapas que los guíen hasta el Emperador y les permitan enfrentarse a él para evitar que vuelva al trono. Hasta aquí todo parece desarrollarse de la forma más previsible, sin embargo, cuando Kylo Ren decida perseguirlos para darles caza, todo se precipitará hacia una batalla para liberar la Galaxia de las temibles garras del Emperador.

A grosso modo, esta sería la trama y la evolución de la historia que se ha ido desarrollando… y sí, como sucedía con las entregas anteriores, se siente esa necesidad de recurrir a las viejas historias de los años setenta para sacar a la franquicia del pozo en la que la metió Los últimos Jedi. Sin embargo, cuando uno está viendo la película, se da cuenta de que J. J. Abrams sabe como montárselo para conseguir que te quedes pegado al asiento mientras tira de nostalgia y fan service, con el único fin de responder a todas esas preguntas y encajar todas esas piezas que parecían grandes incógnitos hasta hace apenas unos días. ¿Son discutibles las soluciones? Sí. ¿Son discutibles los métodos? Por supuesto. ¿Consigue lo que se proponía? Absolutamente. Ya que no solo explica todo aquello que se tenga que explicar en cuanto al origen de Rey, la relación con Kylo Ren, como es que ambos tienen esa extraña y poderosa conexión con la Fuerza… imaginaos que hasta consigue dar sentido el momento Superman de Leia en la anterior entrega, para que veáis como de dedicados estaban a atar todos los cabos sueltos.

Lo que tampoco se puede negar ni pasar por alto es que la aparición de Palpatine en este tercer acto es un poco deus ex machina, es decir, que recuperando a ese personaje —que en el antiguo canon, ahora conocido como Leyendas, resucitó varias veces, por lo que no es nada nuevo— se consigue dar un final. Bien es cierto que, por ejemplo, si el origen de Rey se desvela —es la nieta de Palpatine—, no se ahonda en ello, sino que simplemente se menciona, se hace un flashback y se encajan las piezas. Del mismo modo, la figura de Snoke queda un poco en el aire, ya que si bien se explica que era Palpatine el que lo controlaba, no queda claro de donde surge este personaje… pero, la verdad, poco nos importa, ya que los realizadores no han escatimado en esfuerzos por brindarnos uno de los mayores espectáculos del mundo con varias luchas con sable láser, numerosos combates de naves espaciales, y una acción, cuanto menos, trepidante.

Todo ello se consigue, evidentemente, con una buena dosis de CGI, pero también se tira mucho de las prótesis y las marionetas, muy en la línea de la trilogía original. Pero, y aquí viene uno de los grandes platos fuertes, lo más importante, es que la presencia de Leia no es impostada ni demasiado forzada. Claro que se nota que pasa a un segundo plano de forma muy abrupta, pero el montaje con metraje de los episodios anteriores da el pego de sobras, como ya lo hiciera la revisión del Peter Cushing de Rogue One, del que sigo siendo un fervoroso defensor.

Una vez más Dinsey y Star Wars han demostrado ser una máquina bien engrasada y, al igual que sucedió en Marvel con La era de Ultrón y Civil War, creo que se ha hecho una jugada correcta al recuperar a Abrams para el broche de oro, saliendo airosos del examen final antes de pasar página y dejar atrás las malas críticas del Episodio VIII y Solo… que, personalmente, sigo creyendo que estaban a la altura de lo debían ser: puro entretenimiento.

Sin embargo, cuando uno ve el Episodio IX descubre, por fin, que ha sucedido con Star Wars, y no es otra cosa que la ausencia de alguien que dirigiera el cotarro como George Lucas lo hiciera en su momento. Aunque mucha gente las critique, las precuelas tienen una coherencia interna indiscutible, porque la figura de Lucas estaba allí, del mismo modo que pasaba con la trilogía original, él estaba allí no solo para escribir, dirigir o producir, sino como mente pensante de este universo y darles un sentido a muchos elementos que, por el contrario, si se hubiesen entregado libremente a otros realizadores, hubiera sido muy difícil de encajar… como ha sucedido con los Episodios VII, VIII y IX. Si bien Abrams se supo adaptar al estilo Star Wars, Rian Johnson quiso hacer de su peli algo más personal, desviándose de la corriente; no era una mala peli, pero se apartaba del estilo Star Wars tan marcado que siempre ha tenido la franquicia y que Abrams supo mimetizar en El despertar de la Fuerza. No es de extrañar que las diferencias creativas se ventilaran a Colin Trevorrow y la opción más lógica fuera Abrams, que sabe muy bien lo que significa el cine-espectáculo en la ciencia ficción, para reencauzar el asunto. Con todo esto no estoy reivindicando la figura de Lucas —que también—, sino que todas las críticas negativas que se ha llevado la franquicia en los últimos tiempos se habrían podido evitar haciendo que Abrams se hiciera cargo de todo el proyecto, no solo que lanzara la primera piedra. Por cierto, haciendo un pequeño paréntesis, durante toda la peli he tenido la sensación de que había un no-sé-que de Indiana Jones en ciertos momentos —sobre todo cuando Rey, Finn y Poe buscan el mapa sith—, por lo que, si fuera de LucasFilm, no dudaría en hablar seriamente con Abrams, por si un caso se les viene a la cabeza explotar la otra gran franquicia.

Volviendo a lo que nos ocupa en esta galaxia tan, tan lejana, y sin querer extenderme más, es indiscutible que en esta ocasión —más que en las anteriores— se ha preferido ir a lo seguro y tirar de nostalgia y fan service, pero, en este caso, tampoco es algo malo. Star Wars inventó el concepto de fan como lo entendemos hoy en día, y si la franquicia ha seguido viva es por la gente que la ha seguido a pesar de los años, por lo que tampoco es algo criticable o desdeñable ofrecerle lo que pedían a gritos. Como ya he dicho desde un principio, personalmente he salido muy contento de la sala, sintiendo que, aunque sea difícil llegar al nivel de la trilogía original —falta por ver de lo que son capaces Jon Favreau y Dave Filoni ahora que ha dado el pelotazo con The Mandalorian—, esta última entrega me ha dado lo que esperaba: me ha hecho reír, emocionarme, llorar (más de lo que esperaba) y, ante todo, disfrutar de lo que para mí es el buen cine, ese que consigue evadirte de la realidad, haciéndote creer que es posible que haya wookies, droides mal hablados y toda una galaxia por explorar y en la que vivir un sinfín de aventuras.