Mientras la Saga Skywalker llega a su fin con el Episodio IX, otra nueva aventura de esta galaxia tan, tan lejana llega para sorprendernos y seguir explorando el maravilloso universo expandido que hasta ahora solo teníamos gracias a novelas, cómics y videojuegos.

Nos situamos poco después de la caída del Emperador Palpatine —más o menos después de El retorno del Jedi—, una época en la que los restos del Imperio aún campan a sus anchas mientras la República intentan restaurar el orden y la democracia, a la vez que un mar de cazarrecompensas y buscavidas de todo tipo hacen lo que sea para sobrevivir y poder mantenerse con vida hasta el siguiente encargo. Entre todos ellos hay un mandaloriano, uno de los pocos que ha sobrevivido a la purga del Imperio, que demuestra ser todo un profesional en cuanto a capturar a los sujetos más escurridizos del borde exterior. Todo cambia cuando un viejo oficial imperial le encarga que se haga con un activo por el que pagará una importante suma de beskar, un valioso metal de origen mandaloriano y saqueado por el Imperio con el que podrá hacerse una armadura impenetrable. Sin embargo, el cazarrecompensas, al que todos conocen como Mando, cambiará de opinión cuando descubra que el activo no es más que un niño… Sí, al que todos ya conocemos como Baby Yoda, aunque las conexiones con el maestro aún no han sido desveladas, si es que las hay. A partir de este momento, Mando deberá dejar de lado su carrera como cazarrecompensas para conseguir mantener con vida al pequeño ingeniándoselas en lejanos planetas, alejándose de los imperiales dispuestos a todo para hacerse con el niño, que parece poseer algún tipo de magia… evidentemente, estamos hablando de la Fuerza.

Esta primera temporada se plantea como una presentación desde dos puntos de vista. Por un lado, aunque volvemos a una época que todos conocemos de la historia de la Galaxia, en realidad son unos años que nunca se han explorado. Y, por el otro, el entorno y los personajes no son los mismos, desde su protagonista a todo el elenco de secundarios son caras nuevas que, si bien para un warrero —sigue sin convencerme lo de warie—pueden ser reconocibles por tener elementos culturales ya conocidos, para el público en general es todo un mundo por descubrir.

En estos ocho primeros capítulos —cuyo argumento podría ser equivalente a una primera entrega de una trilogía—, descubrimos que hay algo más en la Galaxia a parte de Skywalkers, jedis y siths, y es que son muchos los pueblos y credos que coexisten, y uno de ellos son los mandalorianos. Ahora, después de Boba Fett y su padre Jango, llega un nuevo héroe de esta estirpe de guerreros cuyos rituales y orígenes ya se habían visto en series como Clone Wars y Rebels, pero que en este caso van un poco más allá. No solo por el hecho de ser con personas y no de animación, sino también porque no se centra solo en sus proezas como cazadores de recompensas, va un paso más lejos y empezamos a discernir que papel jugaron estos guerreros durante el Imperio.

Mientras nos regodeamos en el postureo de Mando y crece en nuestros corazones las ganas de ocultar nuestro rostro para siempre tras el yelmo de un mandaloriano, descubrimos que la misteriosa especie de Yoda —único ejemplar a excepción de Yaddle, una joven maestra jedi que aparecen en el Episodio I— aún existe y no se extinguió cuando él se fundió con la Fuerza. Además, el niño —apelativo con el que se le conoce en la serie— demuestra en varias ocasiones un vínculo con el poder de los jedis que augura muchas y grandes revelaciones en el futuro de la serie.

A decir verdad, los creadores —unos brillantes Jon Favreau y Dave Filoni— consiguen traernos una nueva entrega de las aventuras de Star Wars sin tener que recurrir a los mismos temas de siempre, y eso que, si lo miramos fríamente, no pasan demasiadas cosas en esta primera temporada a parte de presentar a los personajes y establecer las bases para desarrollar el futuro de esta serie.

Sin embargo, no hay motivo de queja, ya que cada minuto de la serie merece la pena ser visionado. Favreau sabe capturar el espíritu de Star Wars —del original— y llevarlo a la pequeña pantalla para que nos sintamos, una vez más, como en casa. Y es que en esta serie el tono lo es todo. No solo están bien articulados los argumentos y la trama, así como la elección de los personajes, sino también es perfecto el ambiente en el que sucede todo. A parte de tener un apartado visual sobresaliente que nos traslada a los rincones más recónditos de la Galaxia, todo tiene ese aire de western y space-opera que se ha ido perdiendo en la saga después de la trilogía original. Para explicarme mejor, The Mandalorian es una serie polvorienta, con disparos y muchos paseos hacia el ocaso. Y no solo eso, sino también hay una labor en cuanto a su banda sonora —creada por Ludwig Göransson—, que ayuda a situarnos en esta historia de western espacial.

No se le escapara a nadie que la historia de base podría haber surgido del deseo del estudio de llevar a capo una peli de Boba Fett, algo que sonaba con fuerza antes del estreno de Solo, ya que tiene todos los elementos para ser la continuación de lo que sucediera después del famoso pozo del Sarlacc. Sin embargo, se han sabido coger las piezas adecuadas para alejarse de los personajes y las tramas clásicos de la franquicia y presentar a unos nuevos que están a la altura de las expectativas.

En este sentido, no se ha supeditado nada a la historia, ni los actores —y eso que aparecen caras tan conocidas como Pedro Pascal, Werner Herzog, Carl Weathers, Nick Nolte, Gina Carano, Taika Waititi, Mark Boone Junior, Clancy Brown, Richard Ayoade o Giancarlo Esposito—, ni los deseos creativos de los directores —que se han supeditado a los del creador Jon Favreau y al protegido de George Lucas, Dave Filoni—, ya que todo se ha enfocado a conseguir un producto redondo y perfecto, sin ninguna falla para satisfacer a unos fans cada vez más exigentes.

Precisamente es esto lo que consigue que esta primera temporada —hoy en día no me atrevo a hablar de lo que pueda suceder con las siguientes— llegue a buen puerto sin las críticas que perjudicaron las últimas cinco películas; y es que en todo momento, aunque no se haya hecho cargo de dirigir ni un episodio, Jon Favreau ha estado ahí, controlando que nada se salga del recorrido programado… Algo que, por motivos y con situaciones diferentes, no se supo hacer en la nueva trilogía.

Cuando uno ve The Mandalorian comprende porque ha sido el espolón de proa de las producciones del nuevo canal de streaming de la casa de Mickey Mouse, Disney+; y es que, en términos generales estamos ante una serie hecha por y para fans de Star Wars, aunque con las miras puestas en abrir el espectro de público. Favreau consigue lo que las películas de la nueva trilogía les ha costado conquistar, que no es otra cosa que el corazón de los espectadores. Esperemos que este saber hacer no caiga en saco roto y The Mandalorian sea la primera etapa del futuro de la franquicia… Ahora sí, Disney, ahora sí.