Después del pelotazo que supuso la primera temporada, no solo para Disney+, sino también para todo el mundo Star Wars, aportando un aire fresco a la franquicia que tal vez se había estancado un poco con las pelis para el cine, las expectativas en el producto estrella de la plataforma estaban por los cielos. Esta segunda temporada tenía muchas respuesta por responder a la vez que debía seguir manteniendo el listón muy alto para que no resultase ser un patinazo. Por suerte, el equipo liderado por Jon Favreau —el nuevo chico de oro de Disney— y Dave Filoni —el discípulo estrella de George Lucas—, ha logrado satisfacer todas las esperanzas, y con creces.

Para no hablar de más y destripar algunos de los momentazos de la temporada —que tiene unos cuantos—, creo que lo mejor es limitarme a decir que la historia sigue más o menos en el punto en el que lo dejó la primera temporada, es decir, con Mando y el Niño juntos para encontrar un hogar para el pequeño. Sin embargo, como ya se introdujo en la primera temporada, Baby Yoda tiene unos poderes que el mandaloriano no puede controlar, por lo que solo tiene un camino: llevarlo con los jedis. Sí, en esta temporada hay jedis, algunos de esperados, otros de sorprendentes, pero todos ellos en la justa medida para no caer en el error de dejar de ser una serie sobre Mando y pasar a ser una más de jedis. Del mismo modo, Moff Gideon seguirá siendo el villano principal cuya única obsesión será lograr capturar al pequeño, a la vez que sigue dando pinceladas de su plan maestro en el que tiene algo que ver el sable oscuro de los mandalorianos. A partir de estas premisas, la acción se desarrolla de forma episódica, es decir, no siempre se mueve alrededor de ellas, sino que a veces habrá aventurillas independientes o secundarias, aligerando la trama principal, a la vez que se reconecta con lo ya conocido de la cronología Star Wars.

Partiendo de la misma puesta en escena que ya nos sorprendió a todos el año pasado y con ese aire de western espacial, en esta ocasión la historia de Mando deja de ser tan independiente como hasta ahora, y empieza a vincularse con las grandes tramas de los jedis, los mandalorianos, el Imperio y la Nueva República. Pero lo más importante es que no lo hace de golpe, sino con sutilezas, con pequeños elementos que los más ávidos fans pillarán en seguida y que lo atarán a tal o cual hecho, aportando algo muy importante que perdieron las pelis de la nueva trilogía: la amplitud de esa galaxia muy, muy lejana. Aquí no tenemos la impresión de que son cuatro personajes que articulan el devenir de la galaxia, sino que son algunos de sus muchos habitantes, en pocas palabras, el futuro de la galaxia no está en manos de Mando, puede que el suyo, el de Baby Yoda o el de Bo-Katan sí, pero no el del universo Star Wars al completo.

Dejando a un lado un trabajo perfecto en cuanto a trama y reconexión con el universo, y esta puesta en escena tan cuidada que le da ese toque que tenía la trilogía original, la segunda temporada de The Mandalorian tiene algo que es muy tonto pero que, a la vez, creo esencial en los tiempos que corren: un final. Sí, damas y caballeros, la segunda temporada es el final de un arco argumental —quedaos hasta el final del último capítulo y veréis que para el 2021 ya se prepara el siguiente—, por lo que las historias no se alargan como chicles para que el espectador siga pegado al televisor —a la vez que paga la cuota de la plataforma—, sino que se cuenta la historia como es debido, se le da un final a la altura —y vaya final—, se pasa página y se va a otra cosa… o al menos eso parece por el momento.

Llegados a este punto, vemos que la segunda temporada de esta magnífica serie es lo que debía ser, tan impresionante como la primera, no solo por una labor de ambientación que hace las delicias de todos —seguidores de Star Wars o no—, sino que también al momento de recurrir al fan service. No es de extrañar que después del éxito de un producto relativamente independiente —sobre todo recurría a referencias y guiños—, ahora que ya se sabe que es la joya de la corona de Disney+ y del nuevo Lucasfilm, se le haya permitido tirar un poco más del fondo de armario del universo Star Wars para recuperar elementos y personajes muy importantes —pero que muy importantes— del imaginario, para darle esa consistencia a la historia; ya que no solo estamos hablando de Bo-Katan —con una acertada Katee Sackhoff— o de Boba Fett —con un apropiado Temuera Morrison en el papel—, ni tan solo de Ahsoka Tano —interpretada por una convincente Rosario Dawson—, sino de otros nombres que, llegado el momento de su revelación, llenan la pantalla dejándonos a todos con la boca abierta, a pesar del CGI… y hasta aquí puedo leer.

En resumidas cuentas y sin querer extenderme innecesariamente, porque creo que esta segunda temporada, ante todo, tiene que ser vista y disfrutada, estamos ante una continuación brillante del éxito que ya fue la primera temporada, en la que se atan los cabos suficientes como para no desmejorar la historia, a la vez que se dejan los suficientes sueltos para generar expectativas. Parece ser que las esperanzas que deposité en la primera entrega para el futuro de la franquicia han obtenido una respuesta, por lo que ahora no tengo miedo de decir: ahora sí, Disney, ahora sí.