Max Skinner es un monstruo de las finanzas que no duda en cometer cualquier acto de dudosa moralidad para enriquecer las cuentas de los clientes de la empresa de inversión en la que trabaja, aunque ello le comporte la enemistad de muchos de sus colegas de Londres. Sin embargo, un día, después de un éxito abrumador en una de sus operaciones, recibe la triste noticia de que su tío Henry ha fallecido y se lo ha dejado todo a él. Ese todo es, principalmente, un enorme y destartalado château llamado La Siroque en la Provenza. A pesar de que su primera intención es venderlo al mejor postor y regresar a Londres, debido a una serie de circunstancias, se ve obligado a permanecer en su nueva propiedad durante unos días; será entonces cuando no podrá evitar recordar cuando era pequeño y compartió los veranos con su tío y su particular sabiduría, algo que lo llevará a dudar sobre el futuro de La Siroque y de sí mismo.

Un buen año es un canto a la vida, al amor por las pequeñas cosas, a saber disfrutar de una buena sombra mientras nos acaricia una suave brisa. Esta película nos recuerda cuan importante es el hecho de ser conscientes de que nuestra existencia es finita y de que debemos aprovecharla al máximo; sin que ello signifique que debamos amasar la mayor cantidad de poder y dinero que sea posible. No, Un buen año nos cuenta cómo alguien puede darse cuenta de que la vida que tiene —la mayoría de las veces, a la que ha sido conducido por el devenir de los hechos que lo han rodeado— en realidad no es tan perfecta como creía. Puedes tener un buen empleo, fama, un lujoso apartamento en el centro, pero nada de todo ello es comparable a poder levantarte todas las mañanas sin prisa, cruzar el umbral de tu casa y sentarte a tomar el desayuno bajo la sombra de un chopo centenario.

Es evidente que esta no es más que la enésima idealización de la vida tranquila alejada del ajetreo de las grandes ciudades —no importa que sea Londres, París o Barcelona—; sin embargo, la buena mano de Ridley Scott hace de una historia sencilla —porque lo es— una pequeña oda a los placeres de la vida: la comida, el vino, la buena compañía… Además, no es solo eso, sino que también explora los sentimientos y los vínculos que los humanos podemos tener por los objetos inanimados como, en este caso, el château. Al fin y al cabo, esta enorme villa no es más que un edificio destartalado, sin embargo, en cada rincón, Max evoca los veranos que pasó junto a su tío. Es entonces cuando debemos preguntarnos: ¿lo que vemos es fruto de que ama a la casa? ¿O es la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿O es que echa de menos a su tío? En realidad, es todo ello a la vez.

Por unos motivos que nunca se llegan definir del todo —aunque se intuye que el joven Max tomó demasiado a rajatabla los consejos de su tío, aunque él mismo no los siguiera—, Max dejó de lado al que era su mentor en la vida para convertirse en un tiburón de la bolsa. Ahora, con su tío muerto y con toda su herencia para él, lo primero en lo que piensa es en seguir haciendo caja, pero descubre que el valor del château no reside en el edificio, ni los terrenos, ni el horrible vino que produce… sino en lo que significa para él. En este sentido, a lo largo de la película vemos como Max, sin darse cuenta, le da vida a esa destartalada mansión, como le atribuye una personalidad hasta llegar a quererlo, de la misma manera que lo quiso su tío y todos aquellos que, a diferencia de él, sí que aprecian lo que significa no saber que es jugar con el dinero.

Divagaciones existencialistas a parte, Un buen año es una película positiva, de esas que te hacen sonreír —a la vez que te dan envidia, pero de la sana—, no solo por la historia que cuenta, sino también por la sensación de buen rollo que rodeo toda la producción. La impresión que da es que tanto para el reparto como para el equipo técnico —sobre todo en los casos de Russell Crowe, Albert Finney y Ridley Scott— fueron unas pequeñas vacaciones; y no es para menos, ya que, por ejemplo, todo se rodó solo a ocho minutos de dónde Scott tiene su casa de la Provenza… vamos, como hizo George Clooney cuando rodaron escenas de Ocean’s Twelve en su casa del Lago Como.

A grandes rasgos, Un buen año es una película sencilla —tonta en muchos sentidos—, sin grandes tramas ni giros argumentales, pero está tan bien hecha y se puso tanto cariño en producirla que, ahora, cuando la vemos por enésima vez, seguimos viajando a ese idílico paraje a la espera de que alguien nos invite a cruzar la pantalla y podamos unirnos a la comida con la que concluye.