un-hombre-cinco-balasJohn es el sheriff de Downtown, un pueblo cercano a la frontera de México, en el que impone la ley desde hace años, aunque ello le provoque pesadillas en las que los enemigos abatidos lo persiguen en busca de venganza, evitando que el lugar se corrompa. Sus conciudadanos le respetan y lo aprecian, pero la aparente tranquilidad del lugar desaparecerá cuando cinco de sus viejos enemigos se reúnan en el no tan lejano villorrio de Maderas, al otro lado de la frontera, para organizar una venganza contra el hombre que los dejó en la cárcel, heridos o casi moribundos.

Un hombre, cinco balas, reúne tantos elementos del western cinematográfico —algo inevitable para al autor, siendo un hombre que ha dedicado toda su vida al estudio del séptimo arte—, que constantemente nos parece revivir escenas de las películas más emblemáticas del género. Así, podemos ver elementos que recuerdan a Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964) o, incluso, Dos hombre y un destino (Director, 1969), pero sobre todo, esta novela es un tributo al spaghetti-western, aquel que se rodaba en las áridas tierras de Almería, y que tan bien iba para mostrar una zona fronteriza, a caballo de Estados Unidos y México, en el que todo tipo de personajes con muchos secretos y con pasados que no querían revelar se jugaban el pellejo cada vez que salían a la calle.

Además, cada palabra que se lee se puede sentir la pasión que tiene el autor por el género y como nos lo transmite a medida que nos hace avanzar en la historia, conociendo personajes tan emblemáticos como el sheriff en el ocaso de la vida, al soldado sureño, al mexicano loco, o los más que habituales atracadores de bancos de origen europeo, pero que hace mucho que dejaron el viejo continente. Algo que se ve acentuado con las imágenes que pueblan las páginas, en las que vemos algunos actores que se hicieron conocidos en las polvorientas calles de un pueblo del viejo oeste, como John Phillip Law, Klaus Kinski, Eduardo Fajardo, Dan Van Hausen o Lee Van Cleef.

Por otro lado, a nivel narrativo, Carlos Aguilar consigue narrar la historia al ritmo propio de grandes westerns como Django (Sergio Corbucci, 1966), en el que la pausa y la tranquilidad son la nota principal, pero que en todo momento se percibe la tensión en el ambiente, que puede estallar en cualquier momento, y así lo hace. La mayoría de las páginas están repletas de preciosas descripciones que nos recuerdan los escenarios más habituales del género, con situaciones tan conocidas como las partidas de póker, los vaqueros bebiendo en la barra del saloon —eso sí, con dos «O», que siempre suena mejor—, o las prostitutas animando el ambiente. Sin embargo, de repente, como en las mejores películas del oeste, algo hace estallar la chispa y convierte cualquier lugar en un polvorín provocada en el que los disparos resuenan con largos ecos agudos.

Personalmente, aunque me ha gustado y he disfrutado cada página, sin bien las escenas de acción están muy bien narradas, en muchas ocasiones estás me han parecido un poco injustificadas, así como los actos de algunos personajes, que de repente estallaban en un torbellino de violencia. Eso sería comprensible en personajes como el de Cuchillo —que en muchos sentidos se asemeja a los que Gian Maria Volontè daba vida—, en los que la moral y la ética no tenían cabida, sin embargo, cuando el protagonista actúa de este modo, es incomprensible y rompe el clímax que estaba logrando hasta entonces.

A pesar de este pequeño defecto, que dura las pocas líneas en las que tiene lugar, el ritmo de la historia, la trama así como los personajes son perfectos y propios del tipo de western que el autor pretende retratar, en la que los argumentos de venganza estaban a la orden del día, fueran de un solo individuo o de cinco.

En una época en la que las novelas ambientadas en el viejo oeste no es que sean precisamente populares, y en la que los westerns se producen casi con cuentagotas, es un placer encontrarse con libros como Un hombre, cinco balas, ya que recoge todos los elementos del género —tanto literario como cinematográfico, procedan de América o de Europa— y los une de tal manera que consigue contarnos una historia cuyo principal adjetivo seria completa. En este sentido, la novela de Carlos Aguilar es un viaje a los años cincuenta y sesenta, en la que los westerns llenaban las carteleras de todo el mundo.