
Imagina que Estados Unidos detecta en sus radares el lanzamiento de un misil nuclear desde el océano Pacífico con destino a una de sus grandes ciudades. Nadie sabe quién lo ha lanzado ni desde dónde, pero solo hay quince minutos para reaccionar antes de que sea demasiado tarde.
Una casa llena de dinamita es una de esas películas que te atrapan por la idea antes que por lo que realmente terminan contando. La premisa es potente, muy de nuestro tiempo, y resulta inquietantemente posible: una amenaza nuclear, una cuenta atrás absurda y una cadena de decisiones tomadas a contrarreloj sin tener claro ni quién ha sido el atacante ni qué está pasando realmente.
El problema es que la película se enamora demasiado de su propio truco. Repetir los mismos veinte minutos desde distintos puntos de vista puede sonar interesante sobre el papel, pero en la práctica apenas aporta nuevas capas. El primer recorrido funciona bien, genera angustia y curiosidad, pero a partir de ahí la sensación es la de estar dando vueltas en círculo. Cambian los personajes, cambian los escenarios, pero el fondo es siempre el mismo, y la tensión, en lugar de crecer, se diluye. Da la impresión de que esta historia habría funcionado muchísimo mejor como un mediometraje intenso de cuarenta minutos que como un largometraje que estira una idea hasta casi agotarla.

A eso se le suma una carga de drama personal bastante torpe. La película insiste una y otra vez en recordarnos que los personajes tienen familia, hijos, parejas, vidas normales que podrían romperse en cualquier momento. El mensaje se entiende a la primera, no hace falta subrayarlo con escenas melodramáticas que parecen metidas con calzador. Al tercer reinicio del bucle, la empatía se evapora y lo que queda es cierta impaciencia, porque esos personajes apenas tienen tiempo de existir más allá de su función en la trama. El drama acaba siendo más ruido que emoción real.
También chirría bastante la forma en la que se plantea la respuesta política y militar. Todo se resuelve con una urgencia poco creíble, como si el mundo tuviera que arder sí o sí antes de que alguien pueda pararse a pensar. Se habla de contraatacar sin saber contra quién, se asume que un solo impacto sería una derrota absoluta y se simplifica la geopolítica hasta extremos casi caricaturescos. Es ese punto de “americanada” que termina aflorando incluso cuando la película intenta ponerse seria y reflexiva, con militares haciendo bromas fuera de lugar y decisiones que parecen más propias de un espectáculo que de una situación DEFCON real.

Y luego está el final. Un final abierto que, sobre el papel, pretende ser reflexivo, pero que a mí me dejó más frustrado que pensativo. Después de tanto insistir, de tanto repetir el mismo evento desde ángulos distintos, uno espera al menos alguna forma de cierre, no necesariamente respuestas claras, pero sí una consecuencia. Aquí el fundido a negro llega justo cuando la historia podría volverse realmente interesante. Entiendo la metáfora, la idea de que vivimos en una casa llena de dinamita que puede estallar en cualquier momento, pero la sensación es que la película se escaquea de dar el último paso.
Aun así, a pesar de todo ello, no diría que es una mala película. La idea de fondo me parece buena, la realización es sólida, entretiene y genera tensión. Además, trata un tema muy de actualidad. Simplemente da la impresión de que había una gran película contenida dentro de esta, pero que se pierde por reiterativa, por excesiva en lo emocional y por quedarse a medio camino en lo narrativo.
