El joven Antoine, un preadolescente de trece años, está pasando las vacaciones en un pueblecito de la Bretaña francesa junto a sus padres y su hermano pequeño, Titi, cuando algo irrumpe y rompe por completo su la cotidianeidad. Hélène, unos años mayor que Antoine, es la hija de una amiga de su madre que, recientemente, ha abortado y está pasando una mala temporada con su pareja, por lo que las invitan a pasar unos días en su casa de verano. De la noche a la mañana —literalmente, porque se la encuentra durmiendo en su cuarto—, Hélène entra en la vida de Antoine haciendo que empiece a sentir cosas que jamás había sentido: deseo, amor, pasión…

Bastien Vivès, uno de los autores en alza del nuevo cómic francés —ajeno a las clásicas aventuras de la BD—, nos presenta una historia íntima, sin lugar a dudas biográfica, y llena de elementos que le valen todas las alabanzas que se le puedan dar. Lejos de sus historias más «experimentales», pero también muy interesantes, como En mis ojos y El gusto del cloro; y de otras más controvertidas como Los melones de la ira —cuyo contenido sexual roza lo pornográfico, pero que cuando uno lee entrelíneas descubre una crítica a la sociedad occidental y al sistema que la rige—; Una hermana nos sumerge en una historia más profunda, casi de estudio, de que pasaría cuando dos personas, de edades diferentes —tres años cuando se es adolescente es un mundo—, se encuentran sin esperárselo, y descubren que se necesitan.

A priori, el hecho de que un chico de trece años y una chica de dieciséis establezcan una relación más allá de la amistad resulta, como poco, inverosímil, pero en realidad Vivès no pretende contarnos una historia de sexo, sino de aprendizaje. Por un lado, Antoine descubrirá todo un mundo que le es ajeno por su timidez, el de las chicas —futuras mujeres— de la mano de un personaje desinhibido, con cierta experiencia y que no duda en mostrar todos sus sentimientos, sin miedo a nada. Por el otro, Hélène, una adolescente de manual, redescubre la manera de divertirse con las pequeñas cosas, lejos de los quebraderos de cabeza de la vida que nace cuando uno se adentra en la edad adulta. Además, estamos ante un aprendizaje franco, sin medias tintas, que hace que los dos choquen con sus propios límites morales, pero decidan superarlos por su propio bien, ya que los días que compartan serán irrepetibles.

Evidentemente, el erotismo es presente en todo momento, pero no es una imagen fuerte y contundente, es decir, más adulta, sino que se caracteriza por su sutileza y por como se administra con cuenta gotas. Podríamos decir que no es erótico o sexual, sino que es sensual. La caída de un hombro, un beso, el perfil de un pecho… son suficientes para que un chico como Antoine —y cualquiera de trece años— deje correr su imaginación, para después tener que enfrentarse a cosas más tangibles —perdonad por el adjetivo— como los manoseos, la masturbación compartida o el sexo oral. Claro que es un poco pasado de vueltas, algunos lo podrían tildar de salido por estos elementos, pero la forma que tiene Vivès de contarlos hace que sea todo diferente. Además, los personajes principales —Antoine, Hélène y, en menor medida, Titi— están tan bien creados, tienen ese fondo tan necesario, que consiguen que lo poco que tiene el argumento de imposible, deje de serlo. Se puede decir que llegan a cobrar vida, sobre todo Hélène, que en ocasiones da la impresión de que cruza la cuarta pared y sabe que la estamos observando —Vivès logra ponernos en la piel de Antoine—, y nos mira con picardía desde la viñeta, consiguiendo enamorarnos de esta joven rebelde sin causa.

En un apartado más técnico, el dibujo Bastien Vivès nos presenta unas páginas a tres líneas con grandes viñetas, y unos trazos limpios de blanco sobre negro —como si fueran hechos con pluma y tinta china—, solo rotos por tonos grises que ayudan a perfilar las sombras de los labios o de las miradas; pero del mismo modo, logra transmitirnos sentimientos sin dibujar partes del rostro, solo con el perfil, haciendo que no tengamos necesidad de fijarnos en los detalles, sino en los gestos y las posturas de los personajes, elemento clave de este cómic.

Llegados a este punto tengo que ser claro con una cosa, Una hermana es muy recomendable, tanto si nos gusta el noveno arte como si no; tanto si nos va más el cómic americano o el franco-belga; tanto si tenemos quince años o cincuenta; nada de eso importa, ya que conseguirá conectar con nosotros por la profundidad de su historia, que supera el mero contacto físico de los personajes, y nos cuenta la necesidad que tenemos todos de encontrar esa alma gemela —no necesariamente en una relación amorosa— que nos permita descubrir cosas de nosotros mismos que ni tan solo conocemos. Salvando todas las distancias, el recorrido de sus personajes —marcado por la diferencia de edad y las diferentes experiencias vitales—, así como la trascendencia de la historia de Una hermana se acerca mucho a la presentada en Call Me by Your Name, en el que no importa si es un chico el que se enamora de un hombre, o —como en este caso— un niño de una chica, sino de la relación que surge entre dos personas más allá del deseo, pero no del amor.