Basada en un hecho real, Volando juntos nos narra la historia de Christian, un biólogo obsesionado en salvar a una especie de gansos, que, para ello, ha trazado una nueva ruta para que los animales puedan emigrar a Noruega. Para que aprendan dicha ruta, él deberá pilotar un ultraligero por media Europa obligando a los animales a que los sigan. Sin embargo, los problemas empiezan cuando no consigue la autorización para tirar adelante el proyecto y decide falsificarla. Por si esto no fuera poco, debido a unos problemas con el trabajo, Christian tendrá que cuidar de su hijo Thomas que, normalmente, está a cargo de Paola, su exmujer. Con su nuevo e inesperado ayudante, Christian llevará a cabo su plan con bastante eficacia y buen resultado, pero cuando llegue a Noruega y esté a punto de despegar con el ultraligero, su falsificación será descubierta y las autoridades querrán impedir que despegue. Pero, ante su atónita mirada, Thomas tomará las riendas de la situación y se fugará con el ultraligero y los gansos para cumplir la misión de su padre.

Bienaventurados los gansos… No sé si cuando estaban haciendo la película sus realizadores llegaron a pensar en alguna ocasión en el gag de Monty Python —desconozco si en la versión francesa es igual—, pero, en cualquier caso, sería interesante detenernos un instante a reflexionar sobre la importancia de dicha frase en el mensaje que nos quiere regalar esta película. Volando juntos es una carta de amor a la naturaleza, nos previene del cambio climático y de la importancia de preservar el medio ambiente, de detenernos un segundo y pensar en la importancia que tiene la Tierra en nuestras vidas. En particular, esta peli se centra en la preservación de una especie en particular de pájaro, los gansos enanos de Laponia, y la relevancia de creer que la Tierra no es nuestra, sino que es de todos y de ninguno a la vez, y, por lo tanto, de lo esencial que sería de que los gansos pudieran heredar la Tierra —de ahí el guiño a Monty Python— gracias a que hemos hecho algo para que sigan existiendo. Como los gansos, muchas son las especies que, debido a la forma de transformar nuestro planeta de los humanos, sufren y se pierden en el tiempo. Es decir, tomando el pequeño ejemplo de los gansos y de Christian Moullec, Nicolas Vanier y su equipo quieren que abramos nuestros ojos, que vayamos más allá de nuestras vidas y nuestras realidades dominadas por la conectividad y el trabajo y nos detengamos a pensar, aunque solo sea durante lo que dura esta peli, que aquí no estamos solos. Mediante una historia pequeña, una aventura casi a nivel regional de un héroe anónimo, vemos cómo un acto, por pequeño que sea, puede cambiar el curso de la vida en la Tierra.

Lo interesante de esta película no es solo el mensaje que nos pretende mandar mediante la tierna historia de Thomas y los gansos, sino que lo hace de forma realista y muy creíble. Es decir, en lugar de perderse en una visión romántica de cómo un niño hace lo imposible para salvar una pequeña manada de gansos, también nos muestra lo duro que puede ser el camino por preservar una especie en peligro de extinción, cuando se choca con las administraciones públicas. En la figura de los funcionarios —tanto franceses como noruegos—, Vanier nos representa esa ley intransigente y carente de corazón que impide que las buenas acciones puedan llevarse a cabo sin, previamente, pasar por todos los controles burocráticos que, en la mayoría de los casos, son absurdos e inútiles.

Además de todo ello, Vanier se aproxima sutilmente a las relaciones que hay entre padres e hijos, y como, muchas veces, estos se distancian no por falta de comprensión sin por ausencia de comunicación. Sin embargo, es precisamente cuando enfoca la cámara hacia esta vertiente de la historia, cuando se ven algunos defectos en la historia. Procediendo del mundo de los documentales sobre naturaleza y animales, Nicolas Vanier demuestra un talento increíble al conseguir centrar toda la atención en esa veintena de pájaros que vuelan al son del ultraligero de Christian y su hijo; pero, cuando pretende dar un paso más allá y dotar de profundidad a los protagonistas humanos, cae en el error de crear una historia tópica y, a la vez, innecesaria. Toda la trama de los padres divorciados, el nuevo novia de la madre y la reconciliación entre Christian y su exmujer gracias a los actos de Thomas, cuesta de creer y se podría haber resuelto de forma más elegante en el contexto de un padre distante.

A pesar de este detalle —que a la hora de la verdad es muy pequeño—, estamos ante una película perfecta, que navega entre la comedia y el drama realista sin caer en el melodrama y la lágrima fácil. La factura es mucho más que correcta porque fácilmente nos creemos que el actor que da vida a Thomas pilota el ultraligero y, lo más curioso de todo, no se nos hace pesada gracias a que no está enfocada desde un punto de vista infantil. Con actores de la talla de Jean-Paul Rouve, Dominique Pinon, Frédéric Saurel, Mélanie Doutey y Philippe Magnan, la puesta en escena es redonda y cercana, lo suficiente para que empaticemos con la historia de Christian y sus gansos.