En un futuro que se define del todo pero que podemos ubicar no muy lejos de nosotros —aunque con un salto tecnológico importante—, la civilización ha alcanzado un nivel de entretenimiento que puede llevarnos a vivir auténticas experiencias dentro de un parque temático, como es el caso de Westworld. En este parque propiedad de la empresa Delos, los huéspedes —es decir, nosotros— podemos convertirnos en vaqueros y cabalgar hacia el ocaso mientras vivimos narrativas muy elaboradas; mientras que los anfitriones —véase, los robots— son tan creíbles que no llegaríamos a distinguirlos de los humanos si no fuera porque estos últimos… ¿cómo decirlo?… perdemos el control con facilidad y desatamos el caos allá por dónde pasamos. Aunque los responsables creativos del parque ponen todo su empeño en hacernos vivir historias que cumplan nuestras expectativas, la mayoría pasan su estancia follando y matando a todo lo que sea sintético… Lo que sucede en Westworld, se queda en Westworld. Sin embargo, entre todos estos casos, siempre habrá excepciones que quieran vivir dichas historias, buscando la situaciones más reales en este mundo de ficción.

Partiendo de esta premisa, que se sitúa en la misma línea que la película original de Michael Crichton de 1973 —más conocida en nuestras tierras como Almas de metal—, e, incluso, se llega intuir que podrían estar conectadas ya que aparecen referencias —la más notable la silueta de un pistolero que recuerda a Yul Brynner en unas instalaciones abandonadas del parque—, la presente serie va un paso más allá, no solo por ser mucho más cruel, sangrienta y violenta, sino que explora todo lo que en la peli solo se intuye. En pocas palabras, la producción de HBO —que ha puesto todos sus medios para llevarla a cabo— decide aprovechar todos los caminos y posibilidades de la idea original de Michael Crichton —creador de parques en los que todo sale mal, como Jurassic Park—, para ahondar no solo en dónde se sitúa la línea entre lo natural y lo artificial, sino también en temas tan interesantes como la mente humana, la creación de nueva vida y consciencia, cómo podemos llegar a percibirnos y, sobre todo, qué significa ser humano.

Es cierto que, aunque interesante, todos estos temas son peliagudos y si no son tratados de forma correcta, lo más probable es que sea algo muy superficial y quede todo un parche sobre otro para justificar la violencia extrema. Sin embargo, todas las tramas que pueden salir de una ficción especulativa de este calibre están a buen recaudo ya que los creadores de la serie —que dirigen algún episodio y escriben muchos de ellos— no son otros que Lisa Joy y Jonathan Nolan —cuñada y hermano de Christopher Nolan respectivamente—, dos personas que saben muy bien lo que significa tejer tramas que atrapen y que, además, sean consistentes a la vez que las narrativas no tengan que ser, necesariamente, lineales. Sin ir más lejos, Jonathan Nolan ha puesto sus manos en pelis como Memento, El truco final, El caballero oscuro o Interstellar, por lo que jugar con diferentes líneas temporales no es nada nuevo para él; y, precisamente por ello, la primera temporada resulta brillante en el sentido que nos obliga a pensar, no solo nos paramos frente a la pantalla y dejamos que pase, sino que todo el rato nos vamos preguntando de qué manera puede estar todo conectado, quién es quién y, lo más importante, quién es humano y quién no.

Sin intentar desvelar demasiado, ya que una de las gracias de la serie es descubrirlo por uno mismo, las tramas girarán en torno a una serie de personajes claves sobre los que se nos irán dando pistas para que nosotros teoricemos. Por ejemplo, en el lado de los anfitriones, encontraremos a Dolores, la inocente hija de un granjero; a Teddy, su enamoradizo cowboy; y a Maeve, una madame con extraños sueños. Por el otro lado, tendremos a personajes William y Logan, lo que parecen una pareja de amigos que quieren experimentar el parque, o los responsables del parque, desde el director, al jefe de narrativa y a los encargados del comportamiento de los robots. Todo ello amenizado con decenas de personajes secundarios que no están allí por mero relleno, sino que juegan un papel en la trama.

Como no podía ser de otro modo, para dar vida a unos personajes tan específicos como estos, se ha recurrido a un elenco con estrella y con muchos nombres propios, tales como Thandie Newton, Jeffrey Wright, Evan Rachel Wood, Tessa Thompson, Luke Hemsworth, Clifton Collins Jr. o Jimmi Simpson, contando con actores de la talla de James Marsden, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins; demostrando que se ha puesto empeño en sacar esta serie adelante por todo lo alto.

Insisto, sin querer profundizar demasiado en las tramas de cada uno, se tiene que decir que el reparto de personajes es impresionante y todos están muy bien detallados, algo que permite que, a medida que evolucionan, los podamos conocer mucho mejor… aunque siempre nos puedan sorprender con sus ambigüedades, porque hay muchos que se mueven de un lado a otro y nada queda muy claro, ni tan siquiera cuando creemos que lo hemos entendido todo.

Y es que la palabra clave para describir la serie sería ambigua, porque en ningún momento los creadores dejan de jugar, no solo con la narrativa, sino con los personajes que la pueblan, consiguiendo engañarnos a la vez que nos hacen creer que lo comprendemos… en este sentido está muy en la línea del cine de Nolan.

A grandes rasgos y siempre sabiendo que, siendo una serie, sus responsables se procuran dejar cabos sueltas para generar expectativa, se puede considerar que las dos primeras temporadas forman un arco argumental autoconclusivo. Mientras que la primera se nos presenta el entorno en el que los robots perderán el control —y con esto no estoy destripándola—, en la segunda se cuenta su particular revolución y sus objetivos, a la vez que descubrimos el funcionamiento de este entorno artificial que es Westworld. Sin embargo, si como ya he dicho la primera temporada es sobresaliente y deja el listón muy alto, la segunda cojea un poco al intentar tomar el relevo —algo que hizo sospechar su renovación—, no solo porque ya no pueda regalarnos sorpresas, sino también porque, en algunos tramos, divaga y se extiende en elementos que parecen más enfocados a que los guionistas sigan dándole vueltas a una tuerca que ya no tiene rosca. Aún así, vistas como un conjunto, son veinte horas de la mejor televisión de los últimos años y de la ciencia ficción futurista, explorando futuros probables… siempre con licencias artísticas, claro.

A pesar de todos los esfuerzos, de una historia altísimo nivel y un reparto muy llamativo y de talento, lo que pretendía ser una de las nuevas Juego de Tronos, se pegó el planchazo a la hora de la verdad. Aunque es lo suficientemente compleja y con tramas para suplir al gran éxito de HBO, la temática la alejaba del gran público, ya que aún siendo bien valorada y tener unos fans muy fieles, el espacio entre temporadas —de dos años, algo impensable en la sociedad de la inmediatez en la que vivimos— y la mezcla entre western y ciencia ficción es difícil de digerir para muchos. Con esto no digo que haya sido un fracaso, pero no ha sido el éxito que se esperaba. Pero, ahora, ya con dos temporadas emitidas y consolidadas, en el 2020 ha regresado con una tercera temporada y ya se conoce su renovación para una cuarta, por lo que tenemos enigmas robóticos para un buen rato.

En resumidas cuentas y para no extenderme más, Westworld es una serie de esas que, si no consigues entrar desde un principio, será difícil que te enganches, pero si te gusta un poco, acabará por enamorarte; ya que no solo entretiene, sino que obliga a reflexionar.