
La vida de Amélie Poulain se podría considerar anodina y sin demasiadas sorpresas. Vive entre su trabajo en la cafetería, su pisito en Montmartre y las visitas a su padre viudo a las afueras de París. Pero la noche en la que Lady Di murió en la capital francesa la cambió de repente. Casi como un efecto mariposa, la sorpresa ante la noticia hace que se le caiga el tapón del frasco de perfume, que hará saltar el zócalo del baño, descubriendo el tesoro de un niño que vivió en aquel piso cuarenta años antes. Sin saber el porqué, ese descubrimiento le llega al corazón y se propone buscar al que fuera ese niño y devolverle sus recuerdos. Como en su primera misión tiene éxito, decide que, a partir de ese momento, dedicará su vida a hacer felices a los que le rodean —su padre, los parroquianos del bar, a los vecinos, al ciego del barrio…—, olvidándose por completo de ella misma; y más cuando, por el camino, se cruza por su camino un desconocido del que se queda prendada, el rarito Nino Quicampoix.
Aun con el amplio abanico de personajes —con los que en seguida nos sentiremos cómodos y familiares—, lo cierto es que se trata de una historia sencilla, muy sencilla. No es nada más que la lucha personal de una chica de carácter asocial luchando por encajar en el mundo, pensándose que el resto son normales, cuando, en realidad, todos tenemos nuestras peculiaridades. Sin embargo, el entrelazado de tramas —ninguna de ellas forzada y todas con su sentido— y la forma de narrarlas hacen que las dos horas de cinta pasen en un abrir y cerrar de ojos.
En su primera película en solitario —si no contamos Alien: Resurrección—, Jean-Pierre Jeunet sigue explicando unas historias raras —en el buen sentido de la palabra— pero alejándose de lo grotesco de sus colaboraciones con Marc Caro. Es decir, que la disolución del dúo benefició al director de Amélie con creces, ya que con esta peli tocó el cielo, marcando un hito en el cine francés, europeo y mundial. Todo el mundo a oído hablar de Amélie y ha recorrido las calles de París al ritmo de su banda sonora; que, por cierto, es una pieza esencial del tono de la cinta, que le aporta ese aire costumbrista.
Ahora, veinticinco años después de su estreno, lo cierto es que Amélie tiene dos interpretaciones. Por un lado la podemos considerar un cuento de hadas moderno, sin brujas o princesas, pero sí en todo el aspecto de historia romántica en el que, aunque no conozcamos el final, se presiente que todo acabará bien. Por el otro lado, también gana como retrato de una época pasada, sin móviles., ni ordenadores, pero con fotocopiadoras, cámaras de carrete y cabinas telefónicas. Un mágico cuento de hadas nostálgico que nos hará viajar al pasado.
Y, hablando de viajar, Amélie es una forma diferente de descubrir París, ya que se aleja de los tópicos y de los lugares turísticos para mostrarnos una ciudad más cotidiana. Pero la genialidad de esta historia es que si bien transcurre en la capital gala, también podría tener lugar en Barcelona, Nueva York o Tokio —gracias a los dioses del séptimo arte que nadie ha hecho un remake—, por la universalidad de sus personajes, extrapolables a cualquier cultura. Aunque, para ser sinceros, París siempre será París.

Y es que aquí, a diferencia de otras producciones, la ciudad es un escenario pasivo, no interviene en la trama, los personajes no están sujetos a él, pero se suma —como la música— a formar el retrato completo del universo de Amélie. Como ya dije hace años en un artículo, hay una intencionalidad en cómo se trata el color. No es solo cuestión de fotografía, sino de como nos sentimos al ver la peli. Los verdes son muy verdes, los rojos son muy rojos. Todo está definido como en las viñetas de un cómic. A pesar de la naturalidad que tiene todo, nada se deja al azar.
Pero, como se puede suponer por lo contado, a diferencia de otro tipo de películas que la imagen es lo importante, aquí lo son los personajes y sus historias. Por poner un ejemplo, aunque tengamos personajes tan dispares en cuanto a importancia argumental como Amélie e Hipolito, el escritor fracasado. Ella es la protagonista indiscutible —por cierto, gran papel de Audrey Tautou—, no se pierde escena alguna; él, por el contrario, es el secundario más secundario de todos, pero ambos tienen una historia que se desarrolla y concluye. Es justo aquí donde se retoma el concepto del efecto mariposa. Por un pequeño hecho —el descubrimiento de un tesoro infantil— todos los que rodean a Amélie cambiarán, mejorarán o serán castigados, de una manera u otra, haciendo que el corazón reprimido de la joven se expanda en todas direcciones.
Incluso hacia nosotros, el público, ya que serán varias las ocasiones en las que ella, rompiendo la cuarta pared, nos hará cómplice de sus imaginaciones, de sus locuras y de su manera de concebir el mundo. Porque el tono de la peli, la música, la fotografía, la historia, los personajes parece enfocado hacia un solo objetivo: hacernos sentir bien. Descubrir el placer de las pequeñas cosas —algo que sirve para que conectemos con todos los personajes en su presentación— y hacernos reflexionar sobre la importancia de la vida y de cuanto nos rodea. ¿Filosófico? Tal vez. ¿Perfecto? Sin duda.
