
Estamos ante la película con la que empezó todo… Bueno, con la que empezó todo por segunda vez. Si hablamos de cine de animación, aunque hubo precedentes, el hito que marcó el patrón oro a seguir fue Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje de dibujos como tal. Pues si eso sucedió allá por 1937, casi sesenta años después, con muchos altibajos de por medio, el cine de animación se había establecido e, inevitablemente, también se había estancado. Había éxitos, claro que los había, y había buenas películas, pero estaban afincadas en la rutina, sobre todo en cuanto a técnica se refiere. Por ese motivo, cuando en 1995 se estrena Toy Story como la primera película de animación generada completamente por ordenador, demostrando las posibilidades que había más allá del horizonte, lo cambió todo.
Además, por si eso fuera poco, la película no era solo un hito técnico, sino que fue un rotundo éxito de taquilla y de crítica, demostrando, además, que las cintas de animación podían ir más allá de las canciones, los cuentos clásicos y el tono infantil, es decir, lo que hacía Disney. Como hemos dicho, la industria del cine de animación había vivido muchos altibajos, algo que también sufrió la factoría del ratón, con sus edades de oro, plata y, desafortunadamente, hojalata. Sin embargo, en aquel año de 1995, Disney pisaba muy fuerte. Venía de triunfar con títulos como La Sirenita, Aladdín, La bella y la bestia o El rey león, y parecía que no habría nadie que pudiese hacerle sombra… hasta que apareció Pixar y su historia de juguetes.
Por suerte, la sangre no llegó al río, porque, al fin y al cabo, Pixar no dejaba de ser el hermano pequeño de Disney, pero que un grupo de rebeldes e inadaptados —muchos echados a calle por la propia Disney— pudieran hacerle sombra seguro que les puso los cojo… los lápices por corbata.
John Lasseter dirige y escribe con su equipo un historia, como poco y a priori, inverosímil que se basa en la premisa de: ¿y si los juguetes tuvieran sentimientos? Sí, lo sé, hablo del tópico de que Pixar basa todas sus películas en el ¿y si (algo inanimado) tuviera sentimientos?, pero es que cierto… y funciona.
Al extrapolar los sentimientos humanos a los juguetes —algo a lo que, se quiera o no, los humanos sentimos un apego emocional muy alto— consiguen que un drama sobre la pérdida, el reemplazo, la amistad y los corazones rotos, se convierta en una comedia, casi una buddy movie combinada con una road movie con momentos de terror, tensión y acción. No lo podemos negar, si hubiesen hecho Human Story, nadie estaría hablando de ellos ahora, por dos motivos: a nadie le interesaría la historia y porque los humanos de la primera Toy Story dan mucha grima de ver.

A estas alturas, treinta años después de su estreno, creo que no hace falta hablar de que va, pero para aquellos que hayan vivido en una burbuja, estamos ante la historia de Woody, el vaquero de juguete favorito de Andy, un niño. Él cree vivir en el paraíso, pero todo cambia cuando llega a casa Buzz Lightyear, un astronauta de juguete que lo sustituye y que, además, no entiende que es un juguete. Ante esta situación, la envidia lo corroe y lo llevará a querer deshacerse de él, pero comprenderá que, de ese modo, solo le hará daño al niño que más quiere. Pero cuando cae en eso, ya es demasiado tarde y el pobre Buzz corre el peligro que todos temen, caer en manos del vecino, Sid, un niño cuyo mayor placer es destrozar juguetes.
El caso de Toy Story es de libro —o de peli, según se prefiera—, ya que si bien Pixar era un estudio pequeño, al contar con el respaldo —económico o, al menos, social— de gente como Steve Jobs o George Lucas, hizo que tuvieran la suficiente buena prensa para que Disney se hiciera cargo de la publicidad y la distribución —por eso lo del hermano pequeño—; a la vez que conseguían nombres propios como Tom Hanks, Tim Allen o Don Rickles para dar vida a los personajes —y promocionar la cinta a posteriori en la alfombra roja—, convirtiendo una película de animación en un bombazo. Vamos que, sin quererlo, la propia Disney hizo lo mismo que consiguió Walt en 1937, impresionar al mundo con una película para críos.
Toy Story es una de esas casualidades que se dan pocas veces en la historia del cine. En el mismo momento y lugar se juntaron un equipo creativo y técnico increíble para contar una historia que puede conmover a todo el público, dando lugar a un hito y a un éxito a la vez. No le ha hecho falta la posteridad para demostrar que era una maravilla, lo fue desde el primer instante que se proyecto en pantalla a mediados de los noventa.
