
Tengo que ser sincero, esta película era una de mis asignaturas pendientes desde hacía mucho tiempo. Me la recomendaron en la universidad y hacía relativamente poco que la habían estrenado, y de eso ya hace unas cuantas lunas. Sin embargo, hasta hoy —veintitrés años después de su estreno— que me he animado a verla. El detonante para cruzar este umbral no ha sido otro que la relación que tiene con Amélie de Jean-Pierre Jeunet… sí, hay una conexión, y es su banda sonora, que corre a cargo de la misma persona, Yann Tiersen, incluso hay una canción que se repite en ambas.
El delicado piano del autor galo nos acompaña a lo largo de toda la cinta, y si en la cinta francesa sus notas nos evocaban casi a un mundo mágico, en Good Bye, Lenin! es mundo cargado de nostalgia. Unos recuerdos dulces y amargos a la vez que, sin haberlos compartido, conseguimos empatizar con ellos como si fueran propios. Y es que esta película es una comedia tiznada de drama o, según se prefiera, un drama con tintes de comedia, que nos hará sonreír a la vez que puede arrancarnos alguna que otra lágrima, pero no por no saber contar una historia, sino por hacerlo tan bien como nuestra vida.
Berlín, 1989. En un momento en el que la tensión dentro del bloque soviético, Alex, un joven que no sabe muy bien qué hacer con su vida más allá de interesarse por las chicas, vive la convulsa caída del Muro y sobrevive al cambio de régimen como tantos otros habitantes del Este. Sin embargo, su caso es excepcional, ya que su madre después de ocho meses en coma despierta sin saber el radical cambio que ha vivido la sociedad del Berlín oriental. Como le han recomendado que no sufra emociones muy fuertes por su débil estado, Alex decide ocultarle la verdad del Muro y la habitación de su madre —fiel seguidora de los ideales comunistas— se convertirá en el último bastión del socialismo.
Como decíamos, la trama combina drama y comedia a partes iguales y muy bien medidos. Por un lado están la enfermedad de la madre de Alex, la relación con su hermana y la historia sobre su padre desaparecido, que dan vigor a la faceta triste o dramática de la historia, así como el cambio en la forma de vivir debido a la caída del muro. Y, por el otro, están todas las locuras que hace Alex para recrear el comunismo en casa y ocultarle la verdad a su madre, que le dan ese matiz cómico por la ocurrencia de un hijo para que su madre no sufra. Sin ir más lejos, una de las rutinas de Alex es dedicarse a rellenar envases usados de comida soviética con comida nueva procedente de Occidente, siendo su Santo Grial un tarro de pepinillos… y cuando su madre los pruebas con deleite, aunque saborea unos holandeses, ella siente que son los de toda su vida. Vamos, que todo es cuestión de perspectiva.

Lo cierto es que a lo largo de la cinta hay varias ocasiones en que parece que su madre descubrirá el pastel, dando cierta tensión a la trama, como el paseo de la estatua de Lenin en helicóptero, pero en ningún momento se ve realmente este enfrentamiento. Solo hacia el final, se intuye que la madre y la novia de Alex deben hablar sobre el tema, así como las miradas que la madre le dedica a su hijo mientras le muestra un falso noticiero. Pero en ningún momento se trata el tema, solo se insinúa, dejándonos a nosotros que decidamos la mejor versión de lo que ocurre.
Para ello, Becker saca pecho de una historia muy bien contada y de un ritmo narrativo que consigue que en ningún momento se haga lenta o demasiado rápida, con un guion muy bien hilvanado de lo que, últimamente, se echan en falta. Además de un reparto magnífico en el que, sin lugar a dudas, destaca Daniel Brühl que se hizo descubrir con el papel de Alex y alrededor del cual giran todas las tramas.
Good Bye, Lenin! es una peli de insinuaciones, de sutilezas, de contarnos las cosas con pausa, en ningún momento nos avasalla, si no que nos acompaña hacia dónde quiere llevarnos: de paseo entre el día a día de una familia cualquiera y uno de los grandes episodios de la historia contemporánea. A pesar de mi evidente retraso en verla —de lo cual me arrepiento—, lo cierto es que estamos ante una de esas pelis que merece ser vista y revisionada para poder captar todos sus matices.
