
Una vez más, Ridley Scott se mete de lleno en el cine épico, un género que parece hecho a su medida. Desde Los duelistas, pasando por Gladiator, Black Hawk derribado o Robin Hood, Scott siempre ha demostrado un especial talento para recrear épocas, escenarios y batallas con una espectacularidad que pocos directores consiguen igualar. El problema es que su cine histórico nunca ha pretendido ser una lección de Historia, y El reino de los cielos no es una excepción. La película sigue a personajes y acontecimientos reales, pero también se toma bastantes licencias y directamente inventa buena parte de la historia de Balian de Ibelin. Algo parecido ocurría con Gladiator: la ambientación y algunos personajes parten de la realidad, pero la historia que cuenta Scott es, en buena medida, ficción. La diferencia es que aquí el contexto histórico está bastante mejor integrado y resulta mucho más creíble.
La película nos lleva al siglo XII, en plena época de las Cruzadas. Balian, un joven herrero francés interpretado por Orlando Bloom, acaba abandonando su vida en Europa para viajar a Tierra Santa junto a su padre, Godofredo de Ibelin, interpretado por Liam Neeson. Tras la muerte de este, Balian hereda sus tierras y su título y acaba convertido en uno de los principales defensores de Jerusalén. Una ciudad en la que, durante una frágil tregua, cristianos y musulmanes conviven con una relativa paz mientras la situación política se va deteriorando hasta desembocar en el inevitable enfrentamiento con Saladino.
Orlando Bloom cumple como protagonista, aunque sigue teniendo esa limitación interpretativa que hace que muchas veces parezca estar poniendo exactamente la misma cara independientemente de lo que esté ocurriendo. Por suerte, está rodeado de un reparto espectacular. Liam Neeson, Jeremy Irons, David Thewlis, Eva Green o Marton Csokas aportan muchísimo a la película, aunque aquí es donde aparecen dos de las grandes interpretaciones. Una es la de Ghassan Massoud como Saladino, que consigue convertir al personaje en una figura imponente sin necesidad de exageraciones ni grandes discursos. La otra, y probablemente la más llamativa, es Edward Norton como el rey Balduino IV.

Norton permanece prácticamente toda la película oculto tras una máscara debido a la lepra que padece el rey, y aun así consigue transmitir muchísimo utilizando únicamente la voz y el lenguaje corporal. Es uno de esos casos en los que el actor demuestra que no necesita enseñar la cara para expresar dolor, autoridad o vulnerabilidad. Jeremy Irons también está especialmente bien como Tiberias, aportando esa presencia que parece venir incorporada de serie a cualquier película medieval en la que aparece.
Y aquí hay que hablar obligatoriamente de la ambientación, porque es probablemente uno de los grandes puntos fuertes de la película. Scott vuelve a demostrar que sabe construir mundos históricos de una forma espectacular. Castillos, ciudades, armaduras, vestuario, ejércitos y escenarios están recreados con un nivel de detalle fantástico. Además, para nosotros tiene el aliciente de que buena parte del rodaje se realizó en España. El castillo de Loarre, en Huesca, se convirtió en la fortaleza de los Ibelin, mientras que otras escenas se rodaron en el pinar de Valsaín, la catedral de Ávila, el Palacio de los Portocarrero en Palma del Río y, especialmente, en Sevilla, donde el Alcázar y la Casa de Pilatos sirven para recrear diferentes espacios de Jerusalén. Todo esto ayuda a que la película tenga una sensación mucho más física y real que buena parte del cine histórico actual.
Las batallas también son otro de los puntos fuertes. Scott sabe rodar grandes enfrentamientos y aquí vuelve a demostrarlo con asedios, cargas de caballería y ejércitos enormes que transmiten perfectamente la escala del conflicto. Pero lo interesante es que El reino de los cielos no se limita a ser una sucesión de batallas. La película intenta hablar de religión, poder, política y, sobre todo, de la convivencia entre culturas. La relación entre Balduino y Saladino resulta especialmente interesante porque la película evita convertir el conflicto en una simple historia de buenos contra malos. Hay personajes fanáticos en ambos bandos, pero también personajes que entienden que mantener la paz es mucho más complicado que empezar una guerra.

Eso sí, si hay una versión que hay que ver es la Director’s Cut. La versión estrenada en cines está bastante mutilada y deja varias tramas y personajes mucho más desdibujados de lo que deberían. El montaje del director recupera una cantidad considerable de metraje, desarrolla mejor las relaciones entre personajes, explica mejor las motivaciones y, sobre todo, hace que algunas decisiones de la historia tengan mucho más sentido. No es simplemente una versión más larga y ya, es una película bastante más completa y, en algunos momentos, parece directamente la película que Scott quería haber estrenado desde el principio.
Evidentemente, no estamos ante una reconstrucción histórica rigurosa. Hay personajes modificados, acontecimientos alterados y relaciones que nunca existieron tal y como aparecen en pantalla. Balian, en particular, está muy lejos de ser el personaje que vemos aquí. Pero si aceptamos que estamos viendo una película de ficción ambientada en un contexto histórico real, funciona bastante bien. De hecho, probablemente ese sea el mejor modo de acercarse a ella: como una película de Ridley Scott ambientada en las Cruzadas y no como un documental sobre la Jerusalén del siglo XII.
En definitiva, El reino de los cielos es una de las grandes películas del género histórico-épico de los últimos años. No llega al nivel de Gladiator, que sigue estando un escalón por encima, pero se acerca bastante y, en algunos aspectos, incluso resulta más interesante por el tratamiento del conflicto y de sus personajes. Y desde luego está por encima de Troya, tanto por ambientación como por la forma de abordar su contexto histórico. Es espectacular, tiene grandes interpretaciones, unas batallas muy bien rodadas y una ambientación de auténtico lujo.
