
Después del Superman de James Gunn, llega Supergirl para demostrar que el nuevo DCU sigue sin tener demasiado claro qué quiere ser. Y lo peor es que, sobre el papel, esta película tenía bastante potencial. El problema es el de siempre, han cogido una historia de los comics de venganza, dolor y crecimiento personal y han decidido convertirla en otra película de James Gunn con distinto nombre. El resultado es una película bastante floja y, para mí, incluso peor que el anterior Superman.
La película parece pensar que hacer a Kara borracha, rebelde, traumatizada y con mala leche es suficiente para convertirla en un personaje complejo. Confunde trauma con personalidad y comportamiento gamberro con rebeldía. Hay momentos en los que parece que necesita recordarte constantemente que esta Supergirl es “diferente”: bebe, vomita, dice tacos y hace cosas desagradables. Y sí, también tenemos chistes de caca y hasta una escena en la que comen algo que resulta ser excremento alienígena. Todo muy adulto.
Y lo peor es que ese humor termina cargándose muchas de las escenas que podrían haber tenido algo de peso. Cada vez que aparece una oportunidad de construir una escena emocional o épica, llega un chiste, una canción o alguna ocurrencia para recordarnos que esto es muy loco y muy divertido. Una cosa es hacer una película ligera y otra tener miedo de que el espectador pueda estar dos minutos sin reírse.
La película elimina buena parte de esa delicadeza y convierte la historia en un parque de atracciones espacial. Hay tragedias, muertes y personajes con historias potencialmente interesantes, pero el guion las utiliza como decoración para intentar dar profundidad. Todo ocurre demasiado rápido y las emociones aparecen cuando toca, no cuando la historia se las ha ganado. Nunca tuve la sensación de estar viendo personas tomando decisiones, sino personajes siguiendo una misión de un videojuego.

Milly Alcock no es el problema. De hecho, probablemente sea lo mejor de la película. Tiene presencia, personalidad y esa mezcla de mala leche y tristeza que podría haber dado una Supergirl realmente interesante. El problema es que el guion no sabe qué hacer con ella. La película quiere que veamos a una Kara rota y diferente, pero en demasiadas ocasiones simplemente parece una chica borracha con superpoderes. Hay una diferencia enorme entre construir un personaje complejo y ponerle una resaca.
Ruthye, interpretada por Eve Ridley, funciona razonablemente bien y tiene una química decente con Kara, pero también acaba atrapada en una historia que va demasiado deprisa. Y luego tenemos al villano, que es posiblemente uno de los antagonistas más olvidables que ha dado este género últimamente. No intimida, no sorprende y tampoco tiene una presencia especialmente memorable. Es básicamente el manual del villano genérico: tatuajes, piercings, cara de enfadado y poco más.
Y entonces aparece Lobo, interpretado por Jason Momoa, que básicamente entra en pantalla para hacer de Jason Momoa haciendo de Jason Momoa. Tiene presencia y algunos momentos divertidos, pero también representa perfectamente el problema de la película: todo tiene que ser más grande, más ruidoso y más gamberro. En lugar de complementar la historia, acaba pareciendo otro personaje creado para llamar la atención.

Visualmente tampoco consigue encontrar una personalidad propia. Hay mucho color, muchos planetas y mucho espectáculo digital, pero constantemente tengo la sensación de estar viendo una versión descafeinada de Guardianes de la Galaxia. Si ya hemos visto esta fórmula varias veces, cuesta entender qué aporta realmente Supergirl.
Además, resulta difícil separar la película del contexto del nuevo DCU. Después de aquel Superman de Gunn, que ya presentaba una visión bastante peculiar de este universo, Supergirl profundiza todavía más en esa sensación de que todos los personajes tienen que pasar por el mismo filtro. Puedes reinterpretar un personaje sin convertirlo necesariamente en una versión de otro personaje de Gunn. Aquí, sin embargo, parece que cualquier héroe necesita canciones, humor gamberro y un grupo de secundarios excéntricos para funcionar.
Hasta Krypto, que debería ser el comodín emocional infalible, acaba bastante desaprovechado. Y cuando una película necesita recurrir al perrito en peligro para intentar provocar emoción y la escena no termina de funcionar, quizá el problema no sea del espectador.
Al final, Supergirl me parece otro ejemplo de lo que ocurre cuando se confunde personalidad con estilo. Ni siquiera consigue salvar su propia película. Es un blockbuster caro, ruidoso y bastante vacío que tenía material para mucho más. Milly Alcock hace lo que puede y tiene potencial de sobra para ser una buena Supergirl, pero la película que le han dado no está a la altura. Después de dos películas, el nuevo DCU empieza a parecer menos un universo con una identidad propia y más un intento de convertir todo DC en una película de James Gunn. Y eso empieza a cansar.
