
Para toda una generación esta película mítica no solo fue un estallido de carcajadas en su estreno, sino la puerta de entrada definitiva al universo de Trey Parker y Matt Stone. Al igual que Los Simpson, South Park se ha convertido en una de las grandes series de animación de la historia, capaz de reflejar la actualidad y reírse de prácticamente todo, sin importar a quién pueda molestar. Política, religión, racismo, censura o hipocresía social: aquí no se salva nadie.
La película recoge todo lo que hace grande a la serie y lo lleva un paso más allá. La historia arranca con los niños de South Park yendo al cine a ver la nueva película de Terrance y Phillip, dos canadienses especializados en humor escatológico y palabrotas. El resultado es el esperado: Cartman, Kyle, Stan y compañía empiezan a imitar todo lo que han visto, sus padres montan en cólera y Estados Unidos acaba emprendiendo una auténtica cruzada contra Canadá. Lo que comienza como una gamberrada termina convirtiéndose en una sátira bastante más inteligente de lo que algunos estarían dispuestos a reconocer.
Y es que debajo de toda esa vulgaridad hay una crítica brutal a la censura, al fanatismo y a esa costumbre tan humana de buscar culpables antes que asumir responsabilidades. Parker y Stone se ríen de todo el mundo, incluidos ellos mismos, y demuestran que hacer humor bestia no está reñido con tener un buen guion. De hecho, la escena inicial del cine es una genialidad: mientras los padres se escandalizan por lo que ven sus hijos, la propia película nos coloca en la misma situación que ellos, invitándonos a reírnos de nuestra propia reacción. Una autocrítica magnífica que resume perfectamente el espíritu de South Park.

Pero si hay algo que convierte esta película en algo especial son sus canciones. Porque sí, resulta que South Park también es un musical, y uno cojonudo. Temas como La Resistance, Blame Canada o la inolvidable «Eres un cabrón, hijoputa» son auténticos clásicos, con unas letras tan bestias como pegadizas. Lo mejor es que no están metidas con calzador: hacen avanzar la historia, desarrollan a los personajes y, de paso, te dejan tarareando barbaridades que probablemente no cantarías delante de tus padres.
El doblaje español también tiene buena parte de culpa de que la película sea tan memorable. Las voces y las interpretaciones funcionan de maravilla, y buena parte de sus diálogos y canciones se han quedado grabados en la memoria de quienes la vimos en su momento. A eso hay que sumar personajes como Cartman, que sigue siendo un auténtico impresentable y uno de los mayores genios de la comedia animada, o el pobre Kenny, cuya muerte vuelve a demostrar que en South Park hasta lo más absurdo puede convertirse en una tradición.

La animación, evidentemente, no es ninguna maravilla técnica, pero tampoco lo necesita. Aquí lo importante son el guion, el ritmo, los diálogos y una mala leche que pocas producciones se atreven a mantener durante todo el metraje. Además, pese a la cantidad de subtramas, personajes y chistes que maneja, la película está sorprendentemente bien hilada y nunca da la sensación de ser un simple episodio alargado para llenar una sala de cine.
En definitiva, South Park: Más grande, más largo y sin cortes es mucho más que una sucesión de tacos, pedos y chistes de mal gusto. Es una sátira afiladísima, un musical sorprendentemente bueno y una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una serie de televisión. Parker y Stone saben perfectamente lo que hacen, aunque se empeñen en disimularlo detrás de una montaña de obscenidades. Una película mítica, divertidísima y que sigue demostrando que, para hacer una crítica inteligente, a veces no hace falta andarse con demasiados rodeos. ¡Que le den por culo a la censura!
