
La Odisea era probablemente la película más esperada del año. No solo por tratarse de una nueva superproducción de Christopher Nolan, sino porque suponía adaptar uno de los relatos más influyentes de la literatura occidental. Y, como suele ocurrir con el director británico, las expectativas estaban por las nubes. La buena noticia es que estamos ante una buena película. La mala es que quizá no sea la gran epopeya que muchos esperaban.
Lo primero que conviene dejar claro es que esta no es la Odisea de Homero. Es la Odisea de Christopher Nolan. Puede parecer una obviedad, pero creo que es la mejor forma de afrontar la película. Quien espere una adaptación literal del poema probablemente saldrá decepcionado. Nolan hace lo que siempre ha hecho: coger una historia y reinterpretarla a través de su propio lenguaje cinematográfico. Su narrativa fragmentada, los constantes saltos temporales, los flashbacks y esa forma de construir el relato como si fuera un puzle vuelven a estar presentes. Es un recurso que ya forma parte de su identidad como director y, sorprendentemente, aquí funciona bastante bien. Aunque la historia esté contada de forma desordenada, nunca llega a resultar confusa y mantiene el interés durante las casi tres horas de metraje.
También es imposible no valorar el enorme esfuerzo de producción. En una época donde muchas superproducciones parecen rodadas delante de una pantalla verde, se agradece que Nolan siga apostando por efectos prácticos, escenarios construidos y localizaciones reales. Esa decisión aporta una sensación de escala y de autenticidad que cada vez resulta más difícil encontrar en Hollywood. Su obsesión por rodar en IMAX vuelve a estar presente, lástima que en la mayoria de cines no se pueda aprovechar, lo que hace que los planos se vean muy cerrados y perdamos parte del escenario.

Sin embargo, donde La Odisea empieza a mostrar sus debilidades es precisamente en aquello que debería definir una epopeya. Paradójicamente, la película transmite muy poca sensación de aventura. Odiseo viaja durante años, pierde a toda su tripulación y supera pruebas imposibles, pero rara vez sentimos el desgaste físico y psicológico que debería acompañar ese viaje. Falta desesperación, falta fatiga y falta esa sensación de que cada etapa acerca un poco más al protagonista al límite de sus fuerzas.
Visualmente también hay decisiones discutibles. La fotografía apuesta por una imagen apagada, con cielos permanentemente nublados y una iluminación muy oscura que cuesta asociar al Mediterráneo. Nolan vuelve a utilizar esa estética gris que tan bien funcionaba en películas como Dunkerque u Oppenheimer, pero aquí parece ir en contra del propio escenario. Se echan de menos planos generales que permitan apreciar mejor las islas, el mar y la inmensidad del viaje. En ocasiones la película parece sorprendentemente pequeña para el presupuesto que maneja.
Algo parecido ocurre con el diseño artístico. Algunas armaduras resultan exageradas, varios barcos recuerdan mucho más a embarcaciones vikingas que a naves micénicas y criaturas como el cíclope Polifemo o Escila pierden parte del impacto que deberían tener. Nolan intenta mantener cierto realismo incluso cuando entra de lleno en la mitología, eliminando prácticamente toda la presencia de los dioses, una decisión que cambia bastante el tono de la historia original. No llega a arruinar la película, pero sí hace que parte de la magia del mito desaparezca.

Los diálogos tampoco ayudan demasiado a la inmersión. En muchos momentos utilizan expresiones y una forma de hablar excesivamente contemporánea que cuesta asociar a personajes de la Grecia micénica. No es un problema constante, pero sí aparece con la suficiente frecuencia como para sacar al espectador de la historia.
Quizá uno de los aspectos más sorprendentes sea la banda sonora. Resulta extraño decirlo tratándose de una película de Nolan, pero cuando termina cuesta recordar un solo tema musical. La música acompaña constantemente las escenas, pero carece de un leitmotiv reconocible, de esa melodía capaz de quedarse en la memoria como ocurría con tantas grandes películas épicas.
A todo esto se suma una de las decisiones más polémicas de la producción: el reparto. Desde que se anunciaron los primeros nombres, el casting ha generado un intenso debate y, después de ver la película, es fácil entender por qué. No porque los actores sean malos, sino porque en muchos casos cuesta ver al personaje por encima de la estrella que lo interpreta. Elliot Page, Zendaya, Lupita Nyong’o o incluso la breve aparición de Travis Scott terminan llamando más la atención por quiénes son que por el papel que desempeñan dentro de la historia. En lugar de integrarse de forma natural en el universo de la película, en varios momentos producen la sensación de estar viendo una sucesión de cameos de lujo.

El problema no es que una adaptación moderna tenga un reparto diverso ni que un director quiera ofrecer una visión personal del mito. El verdadero problema aparece cuando determinadas elecciones parecen responder más a una estrategia comercial o a la voluntad de construir un reparto lleno de nombres mediáticos que a encontrar los intérpretes que mejor encajen con la Grecia micénica que la propia película intenta recrear. Esa desconexión hace que la inmersión se rompa en algunos momentos y alimenta una polémica que probablemente habría sido mucho menor si el resultado en pantalla hubiera sido más convincente.
Paradójicamente, los personajes que mejor funcionan son precisamente aquellos en los que el actor desaparece detrás del personaje. Matt Damon consigue construir un Odiseo sólido, Anne Hathaway transmite perfectamente la espera y la angustia de Penélope y Tom Holland convence como Telémaco. Cuando la interpretación está por encima del nombre del actor, la película gana muchos enteros. Cuando ocurre lo contrario, da la impresión de que Nolan ha querido reunir un escaparate de grandes estrellas, una decisión que inevitablemente recuerda a esas producciones que parecen diseñadas para agradar a la industria y acumular nominaciones antes que para favorecer la coherencia del propio relato.
Y es aquí donde inevitablemente aparece la comparación con Troya. La película de Wolfgang Petersen se tomaba muchísimas más libertades respecto a Homero y modificaba gran parte de la historia. Sin embargo, como película resulta más efectiva. Sus personajes son más memorables, transmite mejor la épica de la guerra y visualmente sigue ofreciendo una representación del mundo antiguo mucho más creíble. Resulta curioso porque, objetivamente, La Odisea es más fiel al texto original, pero Troya consigue emocionar más y hacer que su universo resulte más tangible.

En cualquier caso, eso no convierte a La Odisea en una decepción. Sigue siendo una buena adaptación, probablemente una de las mejores aproximaciones recientes al mito de Odiseo, y demuestra una vez más que Nolan es uno de los pocos directores capaces de levantar una superproducción apostando por escenarios reales y efectos prácticos cuando la mayoría del cine comercial depende casi exclusivamente del CGI.
Quizá el mayor problema sea precisamente ese. Christopher Nolan tiene un estilo tan reconocible que, en ocasiones, parece imponerse al material que adapta. La Odisea termina siendo más una película de Nolan que una película sobre Homero. Dependiendo de lo que busque cada espectador, eso será una virtud o un defecto.
En mi caso, me quedo con la sensación de haber visto una buena película, muy entretenida y con momentos realmente brillantes, pero también una oportunidad perdida para crear la gran epopeya mitológica definitiva. Es una obra que se disfruta, que nunca llega a hacerse pesada a pesar de sus tres horas de duración y que demuestra un enorme nivel técnico, aunque le falte precisamente aquello que convirtió el poema de Homero en un clásico inmortal: la sensación de estar asistiendo a un viaje legendario.
